TARKOVSKY Andrei (1932-1986)

Offret (Sacrificio) (1986: 3.0)

Intento descifrar Sacrificio y soy incapaz.

Veo poco más de una hora y tengo que dejarla por imposible. Lo mismo me ocurrió hace unos años con Solaris y Espejo. No debe de ser casualidad.

No logro encontrarle ningún placer a este adusto cine ruso (o ruso-sueco). A duras penas conseguí hace seis o siete años interesarme por Andrei Rublev y La infancia de Iván (¿la más comercial?). Pero al menos en esos dos casos llegué a la meta y no me sentí estúpido.

Con Sacrificio vuelvo a sufrir una derrota o decepción. Frente a Tarkovsky noto que me meto en una piscina en la que no hago pie. Me sofoco. Pido auxilio y nadie me socorre. Es un bosque petrificado en el que ni hay deleites ni corro peligros. No me encuentro ni con Caperucita ni con el lobo. Huelo un vacío existencial. Me hundo en un pozo sin fondo. Me aburro con Tarkovsky más que con cualquier otro director de la historia del cine. Confesaré mis limitaciones: prefiero cualquier bodrio de Van Damme, lo juro.

Creo percibir, en este cine, un clima de desesperación inacabable, pero no sé cuál es el conflicto dramático. Algo similar siento ante el cine de Von Trier, sólo que viendo filmes (para mí) vacuos como Melancolía sí detecto los énfasis impactantes del realizador danés y, aunque no me causan ninguna conmoción (más bien, me irritan), al menos sé cómo situarme ante su cine. Y sé despreciarlo como Dios manda.

Pero ante Tarkovsky me quedo sin respuestas. La gravedad de este séptimo arte me deja huérfano de excusas. Para mí ver Sacrificio constituye un severo sacrificio. ¿Por qué uno, que disfruta y comprende a cineastas serios y complejos como Bergman, Dreyer y Sokurov se queda sin asideros intelectuales para entender o calibrar a Tarkovsky?

Adivino que no sé estar a la altura de obras como Stalker o Sacrificio. ¿Qué puedo hacer? Este cine me incomoda casi físicamente (provocándome sueño y picores) pero no me perturba intelectualmente. Termina teniendo sobre mí el mismo efecto que ese ruidoso moscardón que da vueltas a mi alrededor, un bicho al que no queda más remedio que espachurrar de un manotazo. Sin pena ni gloria.

¿Cómo espachurrar Sacrificio?

Deduzco que desde hoy (finales de enero de 2012) habrá un antes y un después en mi relación con Tarkovsky. Sospecho, en fin, que ya no habrá ningún “después”. Con Tarkovsky no tengo futuro. Se me han muerto las expectativas y las ilusiones. Sacrificio supone otro cinturón de castidad en torno a mis ojos y oídos. Me atonta los sentidos. Mis pensamientos no fluyen cabalmente enfrentados a un film de este ruso tan intransigente, ritual y árido.

Adiós, Tarkovsky.