FERRERI Marco (1928-1997)

Touche pas à la femme blanche (No tocar a la mujer blanca) (1974: 2.0)

Ferreri, como en el chiste, rodaba lo mismo en francés, en inglés, italiano o español. Habría rodado en sánscrito, si con ello hubiese conseguido un productor que financiara sus películas. Ferreri, perdón por la inhóspita y aliterada metáfora, nunca fue un Ferrari: más bien, un minúsculo Fiat de segunda mano que se fue deteriorando con los años y las comilonas. Sus películas españolas, ¡mano de santo de la santa censura!, fueron, por desgracia para sus espectadores, un negro espejismo. A Ferreri las sutilezas le parecían elitistas y cualquier matiz razonado algo así como la revolución inverosímil. Ferreri prefería la brocha gordísima, lo grotesco y la burrada para niños de once años: o eso me ha parecido hoy mientras veía (o miraba a ratos) No tocar a la mujer blanca, que es una de las peores películas que he visto en los últimos años (y he visto varios cientos, puedo jurarlo).

A saber, es tan mala que sólo está un poquito por debajo de películas ya sonrojantes (mezclo autores, estilos y épocas) como El orfanato (Bayona), Un verano en la Goulette (Boughedir), El ilusionista (Burger), Once (Carney), Voces distantes (Davies), El ataque de los muertos sin ojos (Ossorio), Vacaciones en Roma (Wyler), Café Lumière (Hsiao-Hsien) o Elizabeth (Kapur).

Es tan mala, vaya, que en mi museo de los horrores recientes estaría a la altura (bajura) de bodrios de campeonato como El último boy scout (T. Scoty), Una historia china de fantasmas (Siu-Tung), Triple Cross (Young), Fear and Loathing in Las Vegas (Gilliam), Cyrano de Bergerac (Gordon), Dasepo Naughty Girl (Jyong) o El inspector general (Koster).

Y es tan mala, repito, que sólo está medio grano de sal por encima del Fausto de Gorski, acaso la película más intragable de la historia del cine: en la historia de mi cine, al menos.

En todo caso, No tocar a la mujer blanca (seamos positivos) nos sirve para relativizar. Por ejemplo, si nos percatamos de que el magnífico guionista Rafael Azcona coescribió, con Ferreri, el guión de este desaguisado. O cuando comprobamos que actores excelsos como Marcello Mastroianni, Catherine Deneuve, Michel Piccoli o Philippe Noiret aceptaron la invitación de Ferreri para participar en una película digna de alcantarilla y escombrera.

No tocar a la mujer blanca quiere ser parte del cine revisionista de su tiempo, a la par que filmes sobre la conquista del Oeste norteamericano como Soldado azul (R. Nelson), Un hombre llamado caballo (Silverstein), Grito de sangre apache (Starret) o Pequeño gran hombre (Penn), pero su “revisión” es tan ridícula y grotesca que se queda en supina tontería.

No tocar a la mujer blanca podría ser parte del cine más explícitamente político y contestatario del momento (de izquierdas), en la senda italiana de Sacco y Vanzetti (Montaldo), Padre Padrone (los Taviani) u Operación ogro (Pontecorvo), pero es muy inferior a todas éstas (y la de Pontecorvo y Montaldo tampoco son joyas, que digamos...).

No tocar a la mujer blanca querría ser (¡seamos optimistas!) parte del cine (ya casi) posmoderno de su momento, mezclando historias e Historia, jugando con tiempos y espacios, proponiendo visiones alternativas y subversivas; y pienso aquí en obras de Godard (Weekend, Todo va bien), Pasolini (Pajaricos y pajarracos, Porcile) o Buñuel (La vía láctea, El fantasma de la libertad). Ferreri se queda, obviamente, a miles de años luz de los tres genios.

No tocar a la mujer blanca es también parte del amplio y heterogéneo cine paródico, satírico y “rompe-pelotas”; era sus años de gloria, recordemos: Bedazzled (Donen), El guateque (Edwards), Hibernatus (Molinaro), Bananas (Allen), What? (Polanski), El jovencito Frankenstein (Brooks),  Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (T. Jones), La última noche de Boris Grushenko (Allen), Les bronzés font du ski (Leconte), etc.

Es tan vulgar, tan arrítmica, tan grosera para la inteligencia y tan digna de desguace esta película (con sus cortes de mangas, estúpidas chanzas y pedorretas), que dejaré que la catadura de sus diálogos hable por sí misma. Transcribí dos, pero hay varios incluso más bajos y perdularios. El primero entre el general Custer (Mastroianni) y un indio cómplice, que es, en fin, para troncharse de risa:

 

-He estado por ahí y he visto muchos indios.

-¿De qué tribus?

-Cheyenes, oglabas, pies negros.                                        

-¿Ningún argelino?

 

El segundo es entre Custer y sí mismo, ante un soldado moribundo, poco antes de caer muerto por disparo a cargo de un viejecillo que dice estar “contento” tras su hazaña:

 

-Quien muere por la patria no ha vivido en vano... Yo viviré por la patria porque no soy idiota.

 

Pero sí era idiota. Él y varios otros.