OURY Gérard (1919-2006)

Le corniaud (El hombre del Cadillac) (1965: 7.0)

ROAD. Unos años antes de la eclosión de las “road movies” americanas con Dos en la carretera y Easy Rider (pero ya después de La escapada italiana de Risi), el exitoso director de comedias Gérard Oury (La gran juerga) conquistó la taquilla de Francia con una película de carretera de estirpe más descacharrante, popular y risueña.

POPULAR. El director (y actor) francés no apuesta por el romanticismo ni la sociología; tampoco por el sexo, las drogas y el rock ‘n’ roll. Tipos como los interpretados por los cómicos Bourvil o Louis de Funès en El hombre del Cadillac no nacieron para ser salvajes. Ni para vivir experiencias fuertes de perfil psicodélico, intenso o existencialista. Tampoco son aficionados al amor libre ni a la contracultura (otra moda cultural, con sus pros y sus contras). Son señores que, eso sí, se mueven como peces en el agua en el universo francés del entretenimiento y la cultura popular.

IMBÉCIL. En el país de Sarkozy y de Gaulle, comedias como El hombre del Cadillac han gozado siempre de enorme éxito. Un reclamo fundamentado en la figura del “con” o “corniaud” (aquí, en el título original): El Imbécil. Ese personaje de escasas luces (aquí Bourvil) al que parece muy fácil de engañar pero que, por gajes del destino, tiende a originar pequeñas catástrofes allí por donde pasa, jugando un papel importante en una trama que, en esta película, se anuda en torno a una persecución en pos de drogas y joyas. Terreno del famoso McGuffin de Hitchcock, pues ese tesoro o contrabando escondido en el lujoso Cadillac sólo es una excusa para una sucesión de encuentros insospechados, gotas picantes (con Beba Loncar y Alida Chelli) y escenas de acción más o menos graciosas.

MALOS. Los malos de la película, divididos en dos grupos, son comandados, en un extremo, por un rico y poderoso (uno de cuyos secuaces es un intelectual, pues lee a Stendhal) y, en el otro, por un playboy tartamudo. Como vemos, un cachondo remedo francés de James Bond: un panorama para… no matar. Las balas sólo aciertan a las ruedas. Nadie resulta herido, nadie muere. Esto, señores, es una película para todos los públicos.

BUENO. El bueno del film es el imbécil. El señor ingenuo, alegre y modesto, el que se conforma con poco, el que aspira a disfrutar del lado más positivo y jovial de la vida. Los placeres indiscutibles de siempre, los que funcionan sin complicaciones: comer, beber, conducir un buen coche, ver paisajes bonitos, sacar una foto de la torre de Pisa, hablar con muchachas guapas… Pero sin tocarlas, claro está, ya que otro requisito del “con” es que se hace amigo de las mujeres hermosas pero entre ellos no suele haber contacto físico. O carece de suerte o de sexo.

CHARLOT/FUNÈS. El hombre del Cadillac, o The Sucker (en inglés), es una película turística, entretenida, superficial y acaso algo melancólica. Una obra charlotiana (de Charlot) en su vertiente francesa, divertida y sin pretensiones. Contiene tres o cuatro momentos que invitan a la carcajada. Sobre todo, gracias a la gestualidad sin freno de Louis de Funès, el rey de la comedia francesa. El de títulos míticos en Francia como El abuelo congelado, Mi amigo el extraterrestre y tantos otros.

 HULOT. El personaje de Jacques Tati, el señor Hulot, podría verse como una variante minimalista, deconstruida o estoica del “con”. Un hombre que, al contrario que el común de los mortales, ni se mueve por el interés propio ni por la estética solidaria. Se mueve porque algo hay que hacer. Acaso por accidente metafísico.