TARR Béla (1955-_)

A Torinói ló (El caballo de Turín) (2011: 10.0)

La máxima Desolación hecha cine.

Una furibunda cura de Humildad.

Obra maestra sobre el Fin.

Sobrecogedora, espeluznante: El caballo de Turín nos acorrala.

Obra esencial, básica, a ras de tierra, tan humana como los pies fríos, los esqueletos y las ruinas y, pese a la referencia a Nietzsche, una obra antiintelectual.

O acaso bofetada a Nietzsche, que se abrazaba (ensimismado) al caballo vapuleado sin saber nada de sus dueños. Cuando un hombre maltrata a un animal, antes de condenarlo, sepamos primero cómo ha sido la vida de ese hombre. Quién es ese hombre.

Vean la historia sin apenas historia de dos comedores de patatas.

Un caballo que se niega a alimentarse. Un pozo que se queda sin agua. Unos gitanos amenazantes. Un apocalíptico en busca de aguardiente. Una patata ya cruda. Las luces que se apagan. Todo se apaga.

Una Tierra Baldía, “tierra muerta… recuerdos y anhelos… inertes raíces”.

Un hombre y una mujer en una casa lejos de todo. Ecos que yo siento de Cuerno de cabraTodo verdor pereceráEl silencio de Bergman, incluso Martín Fierro.

Hipnótica durante sus casi dos horas y media. La partitura musical salmódica, profética, maldita de Mihály Vig imanta de principio a fin. En cierta forma, toda la película es una pieza musical. Obra obligatoria para cualquier aficionado al arte. Una de mis cinco películas favoritas del siglo XXI (y otra de esas cinco es también de Béla Tarr, ojo). Una de mis 25 películas de toda la vida.

Películas sobre el fin: pienso en la reciente Essential Killing (Skolimowski), otra obra de arte sobre seres humanos, naturaleza y supervivencia. Nada que ver con la pirotecnia panteísta de los árboles de la vida, las melancolías pretenciosas de algún danés, los sacrificios arrítmicos y petulantes de aquel inflado ruso.

Una película que es un encantamiento, un viento huracanado, una vital resignación; obra poseedora de un extraño suspense (pues casi nada ocurre). Colosal en su humildad: puñetazo en nuestros sentidos y conciencias. 

Un compromiso, en blanco y negro y sin apenas palabras, con el Séptimo Arte. Decenas de imágenes imborrables. Un poema cinematográfico de primer orden. Béla Tarr, uno de los grandes cineastas de la historia.