MURNAU Friedrich Wilhelm (1888-1931)

Phantom (Phantom) (1922: 7.5)

El cine de Murnau es de absolutos: de vida o muerte, el bien y el mal. Todo Jekyll tiene su Hyde y toda tentación es vista como algo perverso y que atenta contra la civilización. Y contra la sana humanidad de los personajes.

Phantom arrebata, por momentos, con sus coloridos cambiantes y sus juegos expresionistas y oníricos. Por lo demás, pertenece narrativamente al subgénero de la Bajada los Infiernos. El protagonista (el actor Alfred Abel) se complica la vida por culpa de una “femme fatale” que primero (encima) lo atropella.

Murnau, con Phantom, se adelantaba al análisis que, con más recochineo, haría años después Buñuel en torno a los fantasmas de la libertad individual; Phantom, con esos carruajes fantasmales, convoca a Belle de jour.

Algunas grandes obras del Lang hollywoodiense (Perversidad, La mujer del cuadro) también le deben mucho a este joven Murnau que contemplaba la vida y sus conflictos en términos dicotómicos: luz contra tiniebla, libros frente a alcohol, tranquilidad frente a exceso, chica buena frente a chica mala, obsesión contra salud mental, etc.

No hay demasiadas medias tintas morales en un cine que nos habla de las tentaciones de la carne y el poder. De lo débiles que somos. El sexo y el dinero se presentan como enemigos de la civilización humana (la bondad, la justicia, el honor).

La persecución atormentada del oscuro objeto de deseo nos adelanta también al Hitchcock más formalista (Vértigo), aunque éste siempre se escabulló mejor de los maniqueísmos.

Es mejor una vida estable y aburrida antes que jugar a los dados con el destino propio. Preferible siempre un Amanecer jovial y hermoso que un anochecer etílico y perverso que embarulla los espíritus. 

Arriesgándome a escribir una tontería, me da la sensación de que, a la altura de 1922, Murnau demostraba aún cierta rigidez en sus estrategias narrativas; hay un elemento rudimentario en Phantom. En este cine, el plano era mucho más importante que la secuencia. El espacio (dramático, pictórico) era más poderoso que el tiempo (que fluía peor). 

Y los sueños eran (frente al colorismo inquietante pero más alegre del pintor Chagall, contemporáneo de Murnau pero más amante de las medias tintas surrealistas) más bien pesadillas. Soñar era sinónimo de catástrofe.