GOMES Miguel (1972-_)

Aquele querido mês de agosto (Aquel querido mes de agosto) (2008: 8.0)

Aquele querido mês de agosto termina ganándome para su heterodoxa causa.

La causa del documental creativo, que zarandea la realidad y la ficción, que mezcla, entrechoca y desafía las convenciones del drama: lo construido y lo verdadero. Películas que juegan consigo mismas (su propia condición como películas), sus supuestos actores y la confundida audiencia. Películas cuyo proceso es el resultado y viceversa. Películas tan imperfectas como fascinantes en su innata desnudez, su descabellada altivez autoral. Esa humilde arrogancia. El orgullo de estar vivos, ser jóvenes, irónicos e inteligentes; y rebosar entusiasmo.

Claro que, por momentos, por minutos, le podríamos echar en cara a su director portugués Gomes que se ponga estupendo y desafine. Lo menos bueno del film, a mi modo de ver, es cuando el director pretende reinventar el cine sobre el cine, con sus convenciones e imposibilidad. Cuando salen micrófonos, cámaras o los propios componentes del equipo técnico en pantalla. Cuando se ponen meta-profundos. Ese cine dentro del cine, a estas alturas. Hombre, ya, sí, vale, lo que tú quieras, Gomes, pero no hacía falta… una vez más.

Lo mejor de esta asombrosa película es casi todo lo demás, pese a que le sobren treinta o cuarenta minutos. Si Gomes se hubiera intentado exprimir, si hubiese ido a lo esencial, si la película durara 90 minutos, pongamos, el resultado podría haber sido irrebatible, colosal. Ya es una película notable, pero la pena es que sea tan desigual, que contenga algunas zonas pedregosas y aburridas (aunque así son los veranos) y que, a instantes de desarmante espontaneidad, preciosa elocuencia o fulgurante originalidad, le sigan otras partes cansinas, repetitivas o meras (con perdón) pajas mentales más dignas de estudiantes “cool” de Imagen y Sonido.

Pero, ¿es fácil mezclar a Godard con el culebrón brasileño, Juegos de verano y La taberna del irlandés? ¿Es fácil que, por momentos, nos acordemos del cine de Eustache, Jarmusch o Tati y al minuto siguiente pensemos en el absurdo vital, Muchachada Nuí, Samuel Beckett, Vigalondo y el cine (digamos) alienígena (ese chico tocando la guitarra con casco de motorista)? ¿Es sencillo retrotraerse a la narrativa poderosa de un Huston o un Mulligan a la vez que se juega con fuego, improvisando cerebralmente y visualizando visceralmente? ¿Es sencillo obligar al espectador a mirar e interpretar la realidad como nunca antes la había mirado o descifrado: a través de un encuadre y una deriva argumental al mismo tiempo posmodernos y primitivos? ¿Es sencillo captar la naturaleza humana (y la otra) de una manera tan atrevida, conmovedora, renoiriana y sentimental al tiempo que se construye (y deconstruye) un documento antropológico, dulce y cruel, divertido y etnográfico que puede recordarnos, por momentos, los mundos de Guerín, Lacuesta, Raúl Rodríguez o Mercedes Álvarez?

No es fácil. No es sencillo. Pero Gomes apuesta por todo ello, se desinhibe y se arriesga y, pese a las rémoras apuntadas y ciertas bobas (aun comprensibles) ganas de epatar, consigue llegar a sorprendernos y emocionarnos con, por ejemplo, la captura de imágenes y sonidos de esas orquestas de pueblos que entonan de forma comprometida pero irregular canciones populares de Portugal durante un verano alegre, interminable e irrepetible (así son los veranos rurales). 

Se nos obliga, en esta película, a un deporte fílmico de primer orden: a mirar y a escuchar como si fuera la primera vez. Y qué canciones e imágenes tan verdaderas, tan vulgares, tan raras, tan pletóricas y bellas. E, insisto, con un toque alienígena.