ROBERTSON John S. (1878-1964)

Dr. Jekyll and Mr. Hyde (El hombre y la bestia) (1920: 7.0)

Esta versión del clásico de Stevenson es (también) un poderoso alegato contra las drogas.

El Jekyll que interpreta el pálido John Barrymore termina descontrolado y pagando con su vida por no haber dominado su adicción a la droga que le convierte en el malvado Hyde. Los momentos de “mono” son terribles: instantes en los que Hyde toma posesión de Jekyll incluso sin la ayuda de la sustancia inventada por él mismo. El actor John Barrymore aprovecha esos segundos para unas proezas gestuales de campeonato. Por algo en español la película se llamó El hombre y la bestia.

El Hyde de Barrymore es una criatura sin ningún atractivo… humano. Da miedo. 

El paso de Jekyll a Hyde siempre me ha impresionado. El científico frío, educado, pudibundo, convertido en amante de la mala vida y las señoras menos recomendables. Como el Dorian Gray de Oscar Wilde, también se ve tentado por un señor más experimentado que él (y más controlado). El que no vive la vida, cuando se dispone a ello suele sobreactuar y vivirla demasiado. Los aspavientos de Barrymore le otorgan a este Jekyll un perfil casi de simio con gestos de vampiro o Nosferatu.

La extraordinaria obra de Stevenson, parábola sobre la represión, el doble, las apariencias, la vida en sociedad y hasta la civilización, alcanza momentos de gran intensidad en la película de Robertson. Pienso en el plano en que Hyde pisa a un niño con enorme saña.

Por lo demás, se trata de una obra que carece de la solidez narrativa y las estrategias consolidadas del arte audiovisual que tipos más talentosos que Robertson, como Griffith, Chaplin, Walsh o Murnau, se estaban dedicando a pulir y perfeccionar en esos mismos años.

Los colores (tintados) de este tipo de cine añaden irrealidad a la historia. Y los intertítulos explicativos revisten gran originalidad, pues se exhiben con dibujos de acompañamiento de perfil expresionista o simbólico. No están nada mal.