FLAHERTY Robert J. (1884-1961)

Nanook of the North (Nanook el esquimal) (1922: 9.5)

La felicidad es trabajar por el bienestar de los tuyos y no hacerse preguntas. O, en vez de “bienestar”, escribamos “supervivencia”. Nanook of the North es un documento sobre la supervivencia de una familia de esquimales que habitan el Ártico entre 1920 y 1922.

La felicidad es una experiencia consciente que se recuerda (“fui feliz”); es un concepto burgués, moderno, caprichoso, urbano, nada que ver con lo que Nanook, su mujer Nyla y el resto de la familia habían de sufrir, de vivir, hace ahora ochenta y seis años. La vida significa cazar; cazar para comer y así no morirse de hambre o de frío, cazar y pescar para vivir: cazar focas, coger peces, matar morsas o atrapar zorros para hacerse prendas de vestir y fabricar instrumentos de caza y utensilios para el hogar, también para obtener el combustible que prenderá las humildes hogueras dentro del iglú, donde la temperatura no puede bajar de cero grados, a riesgo de que el hielo se derrita y la casa se les venga encima. Vemos a Nanook y a su familia desnudándose antes de arrebujarse con pieles y apretarse unos a otros, los vemos y nos quedamos helados de frío pero, al mismo tiempo, nos invade una sensación de seguridad, de calor humano y cercanía; vemos incluso los pechos de la mujer, con toda naturalidad, los vemos y nos parece normal y sabemos que ni ella ni Flaherty nos los muestran por exhibición o despilfarro. Ni hay asomos de pose ni chulería, ni de valentía impostada o zafio humor (¿cómo no recordar la impresionante y reciente Grizzly Man de W. Herzog, con el protagonista consciente de su “importancia”, su “coolness” y su posteridad entre unos osos que, con justicia, lo terminarían matando?). Eran otros tiempos.

Y otras vidas, otro mundo, podría pensarse. Pero hablamos de 1922, no del siglo XVIII ni de la Edad Media. Y, sin embargo, las vidas de Nanook y su familia parecen salidas de En busca del fuego, la prehistoria, lo rudimentario... ¿Cómo podían vivir sin Google?

Nanook of the North es una joya indestructible del séptimo arte. El Flaherty más verídico y salvaje (como en Hombres de Arán), sin la poesía buscada (¡e inspiradamente encontrada!, añado) de Murnau. Dos referencias: Nanook me recuerda al fantástico personaje de Dersu Uzala, una de las grandes películas de Kurosawa (1975): el hombre en la naturaleza, tratando de adaptarse a ella, sacando provecho pero respetándola, intentando hacer su labor de cada día de manera profesional y noble. Nanook el esquimal, además, guarda obvia relación con Los dientes del diablo (The Savage Innocents) de Nicholas Ray (1961): el esquimal ya comercializado en una sana épica de mentira, en una película con evidente pero bello y esbelto mensaje humano y ecologista. A su lado, claro está, Nanook nos parece “the real thing”, la autenticidad de presenciar, por ejemplo, la lucha de Nanook por sacar a una foca de debajo del hielo, sin trampa ni cartón, uno de los momentos más grandiosos de la historia del cine. La fascinación de lo real:

Los milagros verdaderos (el cine cumpliendo con su primigenia misión de desarrollo de la fotografía: captar lo que hay, con paciencia, dedicación y movimiento, sacando de la invisibilidad cosas, casos y seres de nuestro fabuloso planeta Tierra) de Nanook of the North se multiplican, sin esfuerzo, en tan corto metraje: la mencionada foca surgiendo del hielo tras ímpetus titánicos de Nanook; Nanook atrapando a un zorro blanco; Nanook pescando un buen pez entre el hielo; Nanook chupando el cuchillo de morsa; Nanook y familia construyendo el iglú que será su hogar (lo “están haciendo” justo en el momento en que yo los estaba mirando, ¿no es maravilloso?); el hijo resbalando alegre por la nieve; los perros tirando del primitivo trineo; dos perros luchando embravecidos; el hijo tirando con un pequeño arco (también contaban con ratos de ocio); Nyla frotando cariñosa la nariz de la hija: el beso esquimal; Nanook y otros hombres cazando una morsa; la familia comiendo la carne (cruda) de la morsa.

Dureza y pureza infinitas. Visto ahora Nanook of the North con cierta atención, esas son dos sensaciones que se perciben; para ellos, seguro que sus vidas era lo más normal, lo habitual, ¿qué otra cosa habrían de conocer? Era una vida peligrosa, una acción continua, pero era su vida, y la asumían (la vivían), seguramente, sin demasiados miedos ni excesivas esperanzas. El puro y duro presente. A ver si me explico: hace un rato puse el grito en el cielo, me enfadé muchísimo conmigo mismo y con el universo porque los cables de mis auriculares se habían quedado enredados... En Nanook el esquimal, se lo aseguro, los problemas son otros. Así esta obra maestra también ayuda a relativizar, a comprender, a abrir los ojos, a ver con perspectiva, a no quejarse tanto, a ser agradecidos. ¿Y es que saben lo asombroso que resulta ver cómo, en varias ocasiones, tanto Nanook como Nyla (o incluso algunos de sus hijos) sonríen en dirección a la cámara, hacia la pantalla, hacia el espectador, hacia mí, sonríen quizá divertidos a causa del forastero que les anda siguiendo por el hielo con cámara y equipo, o será que sonríen agradecidos de que les estén prestando una infrecuente atención? Eso hacen: sonríen, nos sonríen, ¿se dan cuenta? Yo les devolví, cortés, la sonrisa: me estaban mirando.

Flaherty o la pedagogía humanista: llamar a las cosas por su nombre, sin encarecerlas ni insultarlas ni despreciarlas ni alabarlas ni exagerarlas ni distorsionarlas. Enseñar el qué y el cómo, el qué y el cómo es (también) el mundo en que vivimos. Es el cine que vemos: y ahí, en ese cine, también vivimos. Nanook y Nyla en mi salón. Les haré sitio.