WYLER William (1902-1981)

Ben-Hur (Ben Hur) (1959: 8.0)

El prestigioso crítico francés Jean-Louis Comolli y su Cine contra espectáculo (H. Pons, versión española). Si el verdadero (o moral) cine se opone al espectáculo, Ben-Hur no sería cine. O no gran cine. Deduzco. 

Sólo espectáculo. Pero un grandioso espectáculo.

Y por muchos años.

Escribe Comolli (capítulo “¿Abrir la ventana?”): “El cine, no para apartarse del mundo, evadirse, distraerse; al contrario, para llenarse de él, mezclarse en él”.

El cine que reivindica Comolli, “manchado, amasado de carne y sangre, disecado con el tiranervios. No limpio, y por eso no podía gustarnos Wyler”.

El cine limpio de Wyler. Y sí lo sería, no lo dudo: en un sentido de falta de compromiso autoral y de nítida puesta en escena, por ejemplo. Pero, ante películas como Ben-Hur o Cumbres borrascosas, uno puede pasárselo de manera bárbara.

(¿Y qué es un tiranervios?)

Pues tantos atractivos contiene el film.

Empezando por la teja. Se cae, por accidente, y la trama se dispara. Sin esa teja, no habría habido épica. Ni verdadero drama. Ni galeras: otro de los momentos inigualables. Ni leprosas: la pobre madre y la hermana de Ben-Hur. Ni ese Cristo humano pero idealizado (“A Tale of the Christ”) que da agua a nuestro héroe. Ni la extraordinaria carrera de cuadrigas, apogeo narrativo y visual (aun con transparencias) de la obra, cuya tensión deportiva alcanza cotas a las que Mourinho y Guardiola no pueden aspirar.

Y está el famoso subtexto homosexual, las miradas de Stephen Boyd (Messala) a Ben-Hur (Charlton Heston). Palabra de Gore Vidal.

Más contenida y menos rica que Los 10 Mandamientos, menos política que Espartaco, y más compleja e interesante que la mayoría de “peplums”, Ben-Hur es una excelente película de romanos, un brillante y enfático drama (acaso un film pro-judío) y, sobre todo, una esbelta y entretenídisima película de aventuras.

Cine y, Comolli, espectáculo.