MINGHELLA Anthony (1954-2008)

The English Patient (El paciente inglés) (1996: 6.0)

No consigo emocionarme con la exitosa El paciente inglés. Puedo admirar sus hechuras, factura, ambientación, esfuerzo interpretativo. Contiene imágenes muy estéticas (ese desierto ondulante a vista de pájaro, esas pinturas rupestres). Y la historia es muy atractiva y hermosa: un amor imposible y romántico en un contexto bélico. Personajes interesantes. Intriga nazi. Componentes históricos, culturales, literarios. Pero encuentro más intensidad y enigma en cualquier episodio de Perdidos

Frente a obras más clásicas en las que he pensado mientras la veía (Mogambo, Lawrence de Arabia, Memorias de África, incluso El cielo protector), considero que The English Patient es una historia menos “clásica” de lo que querría. Más pendiente de sus componentes posmodernos (la reescritura de la historia, la desmitificación, los temas de siempre desde una óptica más políticamente correcta) que de la historia en sí misma. Una película tan fría como ese personaje torturado y rígido que interpreta Ralph Fiennes. Para deleite de muchas espectadoras, por cierto, que se lo comían y comen con los ojos. Pues tras su frialdad hay un hombre pasional, obsesivo, un volcán. Seguramente.

Pensando en el título de la novela de Houellebecq, El mapa y el territorio, diría que El paciente inglés es un mapa narrativo (repito, posmoderno: sin sangre, alegría, sudor y lágrimas pero más consciente de sí mismo) donde, antaño, con más ingenuidad e ilusión y menos pretensiones, las películas conseguían ser territorios. En fin, que en El paciente inglés el exotismo frente al “otro” está pasado por el tamiz de los Estudios Culturales, pero no por ello deja de estar presente.

Me cuesta creerme a esa Juliette Binoche (qué lozana, la chica) emocionada mirando pinturas en las paredes. Me cuesta creerme que se enrolle con ese personaje que, en Perdidos, se llama Sayid. Me cuesta creerme que quiera quedarse sola en compañía de un moribundo quemado (en todos los sentidos) que vive postrado en la cama; ese paciente inglés (que, por supuesto, no fue un traidor “de verdad”, sólo por amor) que le cuenta historias para que ella se duerma sobre su regazo. Más interés tiene el personaje del inquietante Willem Dafoe, pero no se explota de manera suficiente.

En fin, hablamos de una película de aventuras y romance bastante entretenida y realizada de manera sólida, sugerente, académica. Aunque uno piensa que un cineasta clásico, pongamos que un Hawks, un Lean o un Walsh (alguien más relajado y valiente, menos pendiente del “qué dirán”), habría contado la misma historia en 100 minutos (y no 155). Mostrando menos y sugiriendo más. Regodeándose menos y divirtiéndonos más.

Pero se trata solo de mi opinión, claro. Tengo gente muy cercana que considera El paciente inglés una obra maestra. Personas que se emocionan viéndola. Así que diré que, probablemente, me falte sensibilidad para apreciar una cierta tendencia del cine moderno. Intentaré corregirme.