COEN Joel (1954-_) / COEN Ethan (1957-_)

Barton Fink (Barton Fink) (1991: 6.5)

La pregunta es polémica pero necesaria: ¿está envejeciendo bien el cine de los hermanos Coen?

Tengo mis dudas.

Viendo Barton Fink, una fea palabra está en el aire. Impostura. Me resulta imposible creerme casi nada de lo que veo. Lo cual no es óbice, por supuesto, para disfrutar de la película. Ya sabemos que los Coen (y esa es su mejor baza) lo hacen todo de manera brillante, moderna e ingeniosa. Están los brochazos de violencia, los toques oníricos (abrazando el absurdo, por momentos), su tendencia paródica, su revisitación de los géneros y la galería de personajes caricaturescos.

El problema quizá sea que no se toman lo suficientemente en serio. Porque, si bien es cierto que juegan a hacernos preguntas filosóficas y, en Barton Fink, sobre la naturaleza del creador (guionista) y su relación con el poder económico (productores), se trata más bien de una coartada estética, poco más. Que les permite salirse por la tangente de la imaginería hiperbólica y rimbombante, los diálogos divertidos y esa aparente y juguetona reflexión sobre el mismo acto de hacer películas. Y en torno al “hombre normal”: el John Goodman que todos llevamos dentro. Ese que no sabe “ver” el guionista Barton Fink.

A los Coen acaso les habría gustado ser una fusión perfecta entre el potente y torturado Scorsese y el reflexivo, lúdico y descreído Woody Allen. Pero se quedan a medio camino de casi todo, a la postre pareciéndose su cine-pastiche más al del posmoderno e hiperrealista Jeunet.

Eso sí, el final del apesadumbrado Barton Fink en la playa, ante la belleza misteriosa que se ríe de Hollywood (Isabelle Townsend), es extraordinario y enigmático, entre Truffaut y Rohmer. Con diferencia, lo mejor de la película. Ese trozo podría haberse llamado Turturro en la playa