AUGUST Bille (1948-_)

Den goda viljan (Las mejores intenciones) (1992: 9.0)

Película exquisita, extensa y de cadencia pausada y melancólica, Las mejores intenciones debería ser una obra apta para todos los públicos. Pero no lo es; alguien acostumbrado meramente al ritmo endiablado de las series televisivas americanas (y españolas) posiblemente se aburra con esta película sueca de Bille August (el autor de Pelle el conquistador).

Las mejores intenciones es una obra que nos va ganando para su causa poco a poco, sin prisa, sin pausa. Nos va llenando, a través de imágenes precisas y nítidas (teatrales y televisivas en su sentido más sobresaliente), de gozos y sombras, renuncias y humanidad.

Con guión de Ingmar Bergman, la dirección de August quizá sea menos desnuda y original, y más (de nuevo) “para todos los públicos” que si la hubiese manejado el gran maestro sueco. Yo no le puedo reprochar nada a un tipo que, como August, conoce el oficio a la perfección y, a partir de un guión que se presume extraordinario, construye una película sutil y emocionante, en la que da una lección de manejo de la elipsis temporal y en la que, en muchas ocasiones, lo más sugerente es lo que los personajes... no dicen (pero adivinamos). Y las miradas, que hablan y a veces incluso gritan.

La belleza del paisaje (desnudo, gélido, pleno) contrasta con la austeridad (en ocasiones, hay estampas y puesta en escena que se dirían de Vermeer) de los lugares por donde se mueven, en la segunda parte de la película, Henrik (Samuel Fröler) y Anna (excelente Pernilla August). Un pueblo del norte de Suecia cuyas gentes no destacan por su simpatía, digamos. 

Dos momentos cargados de intensidad:

1-La escena de transición entre la primera y segunda parte, justo después de la boda. La pareja llega al pueblo recóndito donde él va a ejercer de pastor (de almas). Ambos descubren de inmediato, en la nueva y destartalada casa, que el amor y la felicidad no son lo mismo. Y, justo ahí, el estallido: cómo se tiran los trastos a la cabeza, cómo se clavan puñales de sinceridad y crueldad hirientes. En la más absorbente tradición bergmaniana, gritos y susurros.

2-Un instante que habría firmado Haneke. Unos segundos aterradores. Cuando el niño adoptado por Henrik y Anna coge al otro (el auténtico), más pequeño, e inicia con él una dramática huida hacia el río (o lago). Con las peores intenciones.