ANDERSON Paul Thomas (1970-_)

Magnolia (Magnolia) (1999: 7.5)

 Tras llover piedras con Loach y café con Juan Luis Guerra, gracias a Paul Thomas Anderson (en unas imágenes oníricas, epifánicas y apocalípticas) llovieron… ranas. Un diluvio de ranas. Y se quedó tan ancho, el tipo. Un director atrevido y, por momentos, genial. Y hasta de toques bíblicos.

Joven y sobradamente preparado; este famoso eslogan se le queda corto a un director que, sin haber cumplido los treinta, supo escribir y construir una película tan larga, compleja y ambiciosa como Magnolia. Delicada y embustera flor.

Magnolia es un brillante mosaico espaciotemporal, un film coral con personajes al límite de sus fuerzas. Personajes que han vivido en la mentira y querrían un brote verde de verdad. Personajes infelices, insatisfechos, en muchos casos histéricos.

La ambición estética y narrativa de Paul T. Anderson apenas tiene fronteras. Su cámara, más que rodar, merodea, se pasea y se multiplica, omnipotente. Anderson es un hombre de montaje: la estructura, plano a plano, secuencia a secuencia, de Magnolia es complicada, musical y admirable. Un desafío para el espectador. Una tremenda orquestación de movimientos de cámara, ambientación, gestos, coreografías narrativas, imágenes, palabras. Una potente ópera cinematográfica quizá algo superficial. En el fondo.

Anderson ensalza a Altman pero quiere superarlo en brío y dominio técnico. Le fascinan Scorsese y Coppola pero quiere ser más sociológico, surrealista y abarcador. Estamos ante un autor habilidoso, inteligente y posmoderno, perfectamente consciente de las herramientas a su disposición; un director cuyo objetivo primordial es eso tan americano de hacer una radiografía crítica, enérgica y cruel sobre el famoso Sueño Americano.

Al igual que escritores de su país como Philip Roth o, más recientemente, Jonathan Franzen, se diría que a Anderson no le vale con contar las peripecias de unos personajes. Quiere ir más allá: hacer una película sobre América. Quiere su Freedom. Su American Pastoral.

El talento de este director es inmenso, brutal, irrebatible. Creo que le pierden sus ganas de gustarse. En ocasiones flipa consigo mismo. Y esas ansias suyas de crear personajes-símbolo: tan infelices y, por lo general, tan antipáticos. Y ese entusiasmo cerebral por cerrar círculos dramáticos.

Este director tan bueno es, probablemente, “demasiado” ambicioso. Y, para qué mentir, sus 180 minutos de película se hacen largos. Él mismo lo suscribe en una entrevista de 2008 (recogida en Total Film: 50 Greatest Interviews): “Magnolia was on TV the other day. It seemed pretty fucking long to me”. Pues sí.

Lo que más me gusta de la película es la relación entre el policía que interpreta el excepcional actor John C. Reilly y la desesperada drogadicta que nos regala Melora Walters. Esa historia daría, por derecho propio, para una espléndida película. Qué lástima que a Anderson no le interesara más desarrollarla. Qué pena que a Anderson le preocupase más el acabado final de este mosaico que profundizar más en una de sus fracciones. La más humana.