MALLE Louis (1932-1995)

Damage (Herida) (1992: 8.5)

Finales de los ochenta, principios de los noventa. Se desata la fiebre cinematográfica por las relaciones tórridas y prohibidas, las perversiones; los actores famosos aceptan papeles de gran erotismo. Deseo y peligro (como la película de Ang Lee). Y una redefinición del papel de la “femme fatale”: que utiliza su cuerpo de forma más explícita.

Atracción fatal, Durmiendo con su enemigo, Instinto básico, El amante, Sliver, Análisis final, El cuerpo del delito o Jade son películas de este subgénero.

Herida también. Pero con más calidad y profundidad. Sin infantiles impactos súbitos. Y en ella el componente de violencia y terror, presente en algunas de las otras cintas, no está. Y no se le echa de menos. En cambio, sí puede considerarse un thriller: todos sabemos que el adulterio del político que interpreta Jeremy Irons va a destaparse en algún momento, pero apenas adivinamos la tragedia que nos espera en el extraordinario clímax de la película. Herida, en efecto, es una tragedia familiar.

El veterano Louis Malle dirigió con mano experta, y solidez a prueba de bombas, este drama adulto, serio, hondo, arriesgado y no apto para aquellos espectadores que quieran meramente pasar el rato. Los ecos del Último tango en París de Bertolucci existen pero, como señaló en su momento Ángel Fernández-Santos en su intensa crítica (recogida en La mirada encendida), la elegancia en la puesta en escena (y puesta en “secuencia”) de Malle contrasta con la “la tosquedad de las escenas de sexo” de la mítica película de Bertolucci.

Los trabajos de Jeremy Irons y Miranda Richardson son superlativos, y Juliette Binoche es capaz de dotar de enigma y morbo a su Anna Barton: una mujer fascinante y herida, que hiere y fascina a quienes la rodean.

Tres momentos sobresalientes: el ya mencionado clímax de la película, en una habitación sin vistas. Y Miranda Richardson desnudándose ante un apabullado Irons. Y el sorprendente y fantasmagórico epílogo de la obra, con un Irons sentado ante una gigantesca fotografía que representa lo mejor y lo peor de su vida. O, sin más: su vida. Y sus palabras finales, tan hirientes, pura lucidez. O mera resignación ante el ineludible paso del tiempo.

Terminamos con el añorado Fernández-Santos: “Es Herida una partitura visual maestra y magistralmente ejecutada”. Amén.