ALLEN Woody (1935-_)

Alice (Alice) (1990: 7.5)

Vuelvo a Alice, otra obra de Woody Allen, siempre un placer. Pero me siento pedante y me apetece citar a Homero.

En el capítulo (o Rapsodia) número ocho de La Odisea (traducción homérica de Luis Segalá), la diosa Atenea le espeta a Nausícaa nada menos que esto: “¿Por qué tu madre te parió tan floja?”.

Y he pensado en Alice. Ese personaje que interpreta sin esfuerzo la dulce Mia Farrow. Infeliz, insatisfecha, insegura, burguesa y rica, ¿cuál es el sentido de su vida?

¿Por qué no ponerle los cuernos a su marido y colaborar con la Madre Teresa de Calcuta? Algo es algo.

Woody Allen nos regala una comedia agridulce, satírica y existencial que mezcla elementos realistas y críticos con componentes fantásticos (incluyendo risueñas mofas de Supermán y, acaso, Ghost), toques tiernos con otros ácidos.

Yo, como siempre, prefiero que en las películas de Allen aparezca él mismo como actor; también prefiero las películas (aun menores) muy divertidas antes que las obras (más importantes) que me hacen reír menos, como Alice.

Alice es una película romántica, melancólica y neoyorquina que me recuerda a otras de Allen como La rosa púrpura del Cairo o incluso la hilarante (y, por ello, infravalorada) La maldición del escorpión de Jade.

Para los que quieren que el sesgo más bergmaniano (o felliniano) prime en el cine de Allen, una obra como Alice parece demasiado gratuita y “light”. Así, J. L. Martínez Montalbán (en Cine para leer 1991) la describió como “brillante superficialidad”, para plantearse si “todo ello no será resultado de una operación de ‘marketing’ muy bien enfocada”. Y ello debido a su “tratamiento brillante y agradable, como imponen los tiempos en que vivimos”.

Impresionante leer, por cierto, esta última frase más de veinte años después (abril de 2012). Qué decir ahora.

No llegaría yo a decir tanto, en todo caso, pues no creo que Allen y el marketing tengan cosas que decirse, en fin; aunque sí es verdad que no sitúo Alice  entre lo mejor de Woody, ni siquiera entre lo mejor de Allen de la década de los noventa (revisaré Maridos y mujeres y Balas sobre Broadway).

Allen, en todo caso, siempre entretiene y alegra el día; siempre me está interpelando, relativizando los dogmas (el matrimonio, la religión, etc.) y “objetivando” lo más disperso, sin caer en nihilismos ni sarcasmos innecesarios.

Lo importante, vaya, es ser felices más que parecerlo. Lo demás son poco más que coartadas, fuegos artificiales, a la espera de la muerte.