MALLE Louis (1932-1995)

Vanya on 42nd Street (Vania en la calle 42) (1994: 5.0)

Me dispongo, con ánimo soñoliento, a ver la última película que dirigió el gran Louis Malle; más expectante aún tras haber disfrutado y admirado en fechas recientes su obra previa, la turbadora Herida.

Pero no hay herida en la muy alabada (¿por qué, por qué?) Vania en la calle 42. Un experimento cinematográfico y teatral a partir de unos supuestos ensayos sobre la famosa obra del escritor ruso Antón Chéjov.

Unos ingredientes soberbios no cocinan necesariamente un plato delicioso. Así, Malle y Chéjov, además del prestigioso guionista David Mamet y un elenco de actores estupendos (Wallace Shawn y Julianne Moore entre ellos), no son capaces de construir una película fascinante. ¿Qué ha fallado?

Acaso lo más importante: este espectador. Has estado Malle.

Comienzo a verla con sueño y el sueño me termina meciendo en su regazo mientras, en la pantalla Samsung de 36 pulgadas, un puñado de notables actores hacen su trabajo lo mejor que saben, con talento y dedicación. Sobre las tablas de un derruido teatro.

Mas este espectador, enfangado últimamente en los pantanos de la intensidad dramática y el hondo suspense (lector ya empedernido, digamos, del turbio John Connolly), cede ante las garras del aburrimiento, del “sí pero no”. Me vence un sueño resacoso, me derrota una indiferencia metafísica ante lo que la pantalla muestra. A este Vania no sé buscarle los tres pies del gato. Especialistas hay que sí se los encuentran. Incluso en Google.

Mi disposición aletargada, insisto, sólo ha de reanimarse mediante huracanes narrativos, explosiones dramáticas o intensidad estilística. El experimento fílmico-teatral, o lo que sea, de Malle, lejos de espantarme la deriva apática y la salmodia del sueño, la ha fomentado, dejándome cautivo y desarmado, sin respuestas inteligentes que ofrecerle al improbable lector de estas líneas.

El espectador no ha estado a la altura del reto audiovisual y se disculpa. Para compensar, este aficionado al cine promete leer con atención el Tío Vania de Chéjov. Que no se diga.