POLANSKI Roman (1933-_)

Bitter Moon (Lunas de hiel) (1992: 8.0)

Hay que echarle imaginación pero no es misión imposible: ¿Es Lunas de hiel un remake encubierto, crudo y disparatado de Mogambo o La tentación vive arriba (The Seven Year Itch)?

Sabrosa, morbosa, paranoica y al borde del ridículo y la caricatura, Lunas de hiel (grandiosa traducción al castellano de Bitter Moon) es un cruce entre Hitchcock y Tinto Brass que hará las delicias de todos aquellos aficionados al cine sin complejos ni academias. 

Homenaje al placer de contar, de mostrar. La película es, en su mayor parte, la historia de tintes oníricos y pesadillescos que, en sucesivos capítulos, Peter Coyote le va contando a Hugh Grant durante un crucero. Se supone que es una historia verdadera, pero no podemos estar seguros del narrador. Se imponen el deleite y la perversión del escuchar, del ver. Polanski le pone imágenes a esta fantasía tan extrema y masculina sin ahorrarse detalles escabrosos ni momentos en el límite del absurdo: en los límites de la verosimilitud. Fe en la ficción. 

Fantasías masculinas, decíamos: el ciclón Emmanuelle Seigner y, en menor medida (pero con su medida), una elegante Kristin Scott Thomas.

La película también se podría haber llamado, como la suculenta y misteriosa novela (que no la película) de McEwan, The Comfort of Strangers. El placer (o consuelo) de los extraños. En la línea del cine retorcido, asesino y sexual de esos años, la moda de Instinto básico, del mismo año que Bitter Moon.

Polanski, talentoso y juguetón como el que más (hasta se permite, o eso creo, parodiar al primer Godard de las calles parisinas), desafía las convenciones del relato y de los personajes “normales”, y nos entrega una alegoría sobre la felicidad, el desahogo, la estabilidad, el deseo, la obsesión y el paso del tiempo: esa democracia que nos iguala y nos liquida.

Vértigo y Los burdeles de Paprika en un mismo “pack”. Qué deleite.