EASTWOOD Clint (1930-_)

True Crime (Ejecución inminente) (1999: 9.0)

Santa Claus cabalga solo.

Santa Claus: un Clint Eastwood que, en True Crime, es un periodista guiado por su nariz (lo único que tiene) a la caza de la verdad. Obsesionado con la verdad. Y la justicia.

Para salvar a un inocente de esa aberración llamada “pena de muerte”. Y para salvarse a sí mismo: la (tan americana) redención personal, tras perder a una colaboradora íntima, a su mujer (desesperada con sus adulterios) y su hijita. Y su trabajo. Demasiado comprometido con la verdad para ser un mero periodista, un simple lameculos.

Emoción humana y emoción de thriller. Película sin complejos, sin más ataduras que las comerciales (esa ejecución final: barato suspense).

Diálogos brutales entre Eastwood y el gran James Woods. Diálogos que escuecen entre el reo de muerte (Isaiah Washington) y Clint. Diálogos en el límite, no ya de la corrección política (ese corral que ha infectado el mundo), sino de la corrección cultural, sociológica, ideológica, sentimental. Esas correcciones: maneras de eludir responsabilidades individuales, peste contemporánea.

Otra ficción eastwoodiana encendida por un compromiso firme (y sin demagogias) con los desheredados. El contexto sí importa. La educación sí importa. La familia sí importa.

En la interesante novela Purga (de la finlandesa Sofi Oksanen), una vieja le dice a la protagonista Aliide: “Mira, chiquilla, de la tierra de la desesperación brotan flores podridas”.

El objetivo del anciano Eastwood, un director pesimista, gruñón y moralista que cree en la redención, la libertad y el sacrificio, es mostrarnos retazos de esa tierra desesperada y salvar el culo de algunas de esas flores podridas.

Sin idealismos ni solemnidades. Incluso arriesgando la vida de su hijita, conduciendo el carrito de la niña como un poseso por el zoo. La risa se convierte en mueca de pavor.

Siempre pisando charcos. True Crime es otra rabiosa bofetada de este atípico y complejo Santa Claus.