FLEISCHER Richard (1916-2006)

Fantastic Voyage (Viaje alucinante) (1966: 6.0)

Diez o doce minutos iniciales de gran suspense e interés, que contienen diálogos pasmosamente hilarantes (o simple “understatament”), son lo mejor de este Viaje alucinante que firmara el versátil Fleischer en 1966: alguien, desde luego, que nunca supo ser Raoul Walsh porque le faltaba energía positiva e impremeditado coraje y le sobraba (seguramente) vivir en una época Pop menos habituada a la aventura sin reservas.

Nadie se inmuta ni se despeina en este film de, pongamos, ciencia-ficción que se anuda a las corrientes horteras de su momento psicodélico; recordemos otras joyas como Barbarella o incluso Krakatoa, East of Java: eran épocas cursis, que comenzaron a valorar la superficie con ínfulas warholianas por encima de todo; películas de temática diversa de esos últimos sesenta como las mencionadas o, se me ocurren, la francesa La Grande Vadrouille, la española Operación cabaretera, la italiana Il profeta o la británica The Party comparten esos rasgos alegres, vacuos, cómicos y, en sus mejores momentos, entretenidos.

Aunque al principio casi parece una película de James Bond, pronto se zambulle Fantastic Voyage en el universo inmenso pero diminuto del cuerpo humano, siendo así precursora de El chip prodigioso y de la serie de dibujos animados Érase una vez la vida (o Érase una vez el hombre, no sé), donde las venas, arterias y órganos vitales del ser humano también se convertían en decorado, paisaje y hasta protagonistas de una aventura en el “espacio interior”, como se dice en el film. Otras obras como Aterriza como puedas, en el aspecto más humorístico y cachondo, o Cariño, he encogido a los niños, en su apartado más lúdico y juguetón (y hasta moral), se recuerdan sin gran esfuerzo mientras vemos, con decreciente interés, el escasamente fantástico (no digamos ya alucinante) viaje fleischeriano  que emprenden los protagonistas de esta historia de locos.

Pero es que, con el retraído Fleischer a la cabeza, no cabía esperar más que un tono constreñido de “locura seria”, una ciencia-ficción sin prisas, lenta, pausada, ceremoniosa, colorista, sin psicología ni líos sentimentales entre los miembros de la tripulación; una película portadora de una simpleza, cómo decirlo, social y dramática que hoy día nos desarma, y que nunca deberíamos confundir con sutileza, pues lo cierto es que Fleischer era así en sus instantes más discretos: un autor de escenas desopilantes que podían pasar por graves y profundas, así es en este esquemático, diáfano e ingenuo tipo de cine que engancha con adaptaciones cinematográficas de Julio Verne, muy pudorosas y de cartón-piedra, como Viaje al centro de la Tierra (H. Levin), o con algún reiteradamente llamado “clásico” de ciencia-ficción como Cuando los mundos chocan (R. Maté), y en ese plan.