EASTWOOD Clint (1930-_)

The Bridges of Madison County (Los puentes de Madison) (1995: 10.0)

Se tortura Emma Bovary en el capítulo VII  de la inmortal novela de Flaubert (traducción de Juan B. Castillo):

 

¿Por qué me habré casado, Dios mío?

Se preguntaba entonces si por cualquier otra combinación del azar no le habría sido posible encontrar otro hombre; e intentaba imaginar cuáles habrían sido esos acontecimientos no acaecidos, aquella otra vida, aquel marido que no le fue dado conocer.

 

La existencia de la ilusión no es una ilusión.

Cuatro días, nada más. ¿Qué son cuatro días en una vida?

Los cuatro días que pasan juntos un fotógrafo nómada (Eastwood) y un ama de casa (Meryl Streep) de la América profunda. Años sesenta. Un oasis en una vida. Una pausa en la rutina. Unas vacaciones sentimentales sin salir de tu propia tierra, apenas de tu propia casa. Un amor repentino e imparable. Romántico, carnal, absoluto. Y, a la larga, imposible.

Cada persona son sus decisiones. La que toma ella es la cobarde o generosa: quedarse con su familia. Con su marido honrado, bueno y trabajador. Y sus hijos adolescentes, que apenas le hablan.

Ganar, perder. Ganar para perder. Perder para conservar la conciencia moral más o menos tranquila. Vivir es elegir y renunciar. 

Cuatro días en el hogar de los Johnson: la cocina, el dormitorio, el porche, el huerto, los alrededores. Los puentes del condado de Madison, lugares donde el fotógrafo Robert Kincaid toma fotos para National Geographic mientras Francesca lo espía nerviosa y coqueta desde las maderas de esos mismos puentes. Y ellos, ella y él, progresivamente infatuados, sintiendo lo que nunca habían sentido. Sabiendo que sus vidas han cambiado para siempre. Pase lo que pase tras los cuatro días mágicos e irreales.

Los puentes de Madison es una de las cumbres del arte de Clint Eastwood, una de las más altas cotas del melodrama y una de las más grandes películas de los últimos veinticinco años (estoy escribiendo en junio de 2012).

Desde el minuto uno destila perfección, armonía, madurez. Un cuidado relajado por la puesta en escena como no se veía desde los clásicos americanos.

Después de los primeros minutos nos instalamos en un intenso “flashback”: la voz que cuenta la historia de esos cuatro días imborrables; la voz de la propia Francesca, que ha dejado escritos en unos diarios unos hechos y sentimientos desconocidos por sus hijos. El hijo malhumorado y la hija insatisfecha: que han ido al entierro de su madre (la incineración: han descubierto con escándalo), se han puesto a leer los diarios, entre la irritación y la sorpresa, y obtendrán una recompensa vital con la que no contaban.

Cuando asistimos a la aparición de la destartalada camioneta en la que llega Eastwood al hogar de Iowa donde vive, cocina, trabaja y fantasea Meryl Streep, nos encontramos ante un acontecimiento de la talla de los trances más sublimes de ¡Qué verde era mi valle! o El río, Centauros del desierto y Tú y yo, El Sur o Eduardo Manostijeras. La elegía con retorno al pasado. El pasado que se hace presente. Las voces, caricias y miradas que no volverán. Pero sí vuelven gracias al cine. Gracias a la persona que cuenta. Al director que dirige. A unos actores portentosos dando lo mejor de sí mismos.

Los puentes de Madison, una de las películas más escandalosamente infravaloradas de la historia del cine, cuenta con no menos de veinte instantes y escenas memorables. Inalcanzables para directores que no sean Eastwood. Escojo dos de esos momentos que están, al mismo tiempo, entre mis imágenes favoritas de cualquier película:

-Eastwood bajo la lluvia, observando y sabiéndose observado por Meryl Streep, que está dentro de la furgoneta (su marido ha entrado en una tienda). Eastwood empapado, destrozado, perdido. Se sonríen, llorosos. Se comprenden, se echan de menos y se necesitan; saben que es el final de su insólita aventura pero que todo ha sido tan significativo como pleno y hermoso.

Y unos segundos después:

-Una de las despedidas más emocionantes y bellas del séptimo arte. Mediante un retrovisor y una luz intermitente. Verlo para creerlo.

Una película sobre las renuncias y la necesidad de toda persona de tener su baúl secreto, su ilusión profunda, su humano anhelo. Una obra que nos hace más sabios y mejores. Sin ninguna duda.