LYNCH David (1946-_)

Lost Highway (Carretera perdida) (1997: 8.0)

A raíz del estreno de Carretera perdida en España, M. Torreiro escribió que, tras su primera y aun convencional media hora, “seguir desde entonces el relato es sólo cuestión de fe, fanatismo ciego en el autor o… superior inteligencia…” (en Diccionario de películas del cine norteamericano).

Lo que señala Torreiro es comprensible. Hay directores tan especiales como Lynch que, a partir de cierto momento de su carrera, se diría que se apartaron (aún más) de los caminos trillados, sin importarles no ya el espectador sino la propia coherencia narrativa o dramática de sus obras. En España tenemos el caso (no análogo, pero nos sirve aquí) de Medem, quien, tras sus excelentes y autorales películas de los noventa, viró en el siglo XXI hacia un hermetismo sin red… Ya se sabe, los viajes a (casi) ninguna parte.

Sin embargo, lo irresistible del cine de David Lynch es su capacidad para seguir estableciendo relaciones o vínculos (hasta cierto punto) lógicos o, al menos, no enteramente disparatadas en películas que, como escribía Torreiro, habían sido convencionales hasta cierto minuto. Es como si, en un momento concreto, Lynch quisiera romper con las leyes de la narración y la verosimilitud para centrarse en un sustrato de pesadilla, terror, perversión y surrealismo: donde se siente como en casa. Es como si, llegados a un punto, Lynch se aburriera de la linealidad espacio-temporal y retara o se burlara del espectador, como diciéndole: “Esto no es lo que parece; abróchate el cinturón y prepárate, porque ahora viene lo mejor…”.

A mí me fascina Lost Highway y no consigo aburrirme en ningún momento. Parecería que, como en otros filmes de Lynch, la clave está en la distorsión jazzística, viciosa y posmoderna de las expectativas del espectador partiendo de un personaje que, como la curiosa Alicia de Lewis Carroll, se interna en un mundo desconocido y sorprendente del que no tiene seguridad de salir con vida. Un submundo peligroso, monstruoso; una estructura profunda bajo la sociedad civilizada, bienpensante y (acaso) hipócrita.

Película sobre pactos con el Diablo, huidas imposibles, voyeurismo social y fetichismos en torno a una femme fatale (Patricia Arquette), disfrutar de Carretera perdida es (volviendo a Torreiro) más cuestión de fe que de fanatismo o inteligencia. Quien decida quedarse fuera (si es que esto es una decisión...), tras los primeros treinta o cuarenta minutos (más o menos) ortodoxos, se quedará fuera y se irritará con los deliciosos y pérfidos caprichos de Lynch. Quien, por el contrario, crea en el placer puro de la kafkiana narración y en el poder del “dejarse llevar”, como en un demencial sueño, se verá recompensado.

Obra acerca del placer de los desconocidos (como el título de McEwan) y el dolor psicotrónico, sobre los desencuentros entre las narraciones y la vida, y en torno a las fulminantes apariencias y las crudas realidades, Carretera perdida es una película arrolladora e impactante cuya música es tan apropiada como salvaje. Un brutal ejercicio sostenido en demoledoras fusiones y yuxtaposiciones de imágenes y sonidos. “Take a Walk on the Wild Side”.