ALLEN Woody (1935-_)

Husbands and Wives (Maridos y mujeres) (1992: 8.0)

Un Allen con menos concesiones a la luminosidad, el clasicismo, el chiste, la belleza.

Un Allen más pendiente del inmaculado guión, de Bergman y de Cassavetes que de la alegre, elegante pero desenfadada armonía de tantas obras suyas. Muchas de éstas últimas son del siglo XXI, tan despreciadas en general pero por mí tan queridas (Midnight in Paris, Scoop, La maldición del escorpión de Jade, etc.).

Un Allen que, en esos primeros años noventa, experimentaba con los géneros (documental, reportaje, entrevista, docudrama) y movía mucho la cámara y se le veía analista y ácido, buscando nuevos desafíos dramáticos.

Un Allen, como siempre, brillante, enamoradizo y devastador cuando nos habla de las relaciones de pareja, sus frágiles mimbres y caprichos inescrutables; qué relativo es casi todo. What We Talk about When We Talk About Love, en palabras de Raymond Carver.

Un Allen que, siendo admirable, no es el que yo prefiero. Lo cual no es óbice para considerar cada vieja o nueva obra del neoyorquino como un festín de inteligencia, lucidez e ingenio.

En Maridos y mujeres refulgen los actores como el propio Allen, el director Sydney Pollack y Liam Neeson pero, especialmente, las actrices. Una Judy Davis obsesiva y veraz, una Mia Farrow insegura y despierta y una jovencita y sabia Juliette Lewis.

Historia de maridos y mujeres, de autoestimas y tropiezos, pasiones, ridículos e incertidumbres, Husbands and Wives es otra espléndida obra (entre la madurez y el desconcierto) del gran Woody Allen. 

Uno de los mejores directores del planeta Cine. Y sin recambio posible (cruzo los dedos, julio de 2012).