FORD John (1894-1973)

What Price Glory? (El precio de la gloria) (1952: 8.0)

Las ruinas, los desastres de la guerra. La ruina bajo un bello cielo irreal, acompañada de acordes de música connotativa (Alfred Newman), bañada en colores románticos. Una hermosa ruina, la gloria en la derrota...

Es la primera imagen, y será la última, de El precio de la gloria. Los soldados vuelven o se van (a veces, no se sabe), la derrota y el cansancio pintados en sus andares y rostros. O acaso no sea la derrota sino tan sólo la guerra, que los lleva por caminos tortuosos y de un sitio para otro, sin dejarles echar raíces, relajarse; nada de escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo.

Marines borrachos y una mujer en medio, Corinne Calvet, que canta y se exhibe, preciosa, vital y coqueta.

Los hombres, James Cagney y Dan Dailey, se pegan, parecen odiarse y desearse la muerte, pero se respetan y, lo siento, también se quieren.

Impetuoso Cagney, aquí el capitán Flagg. Uno de esos actores que se llevan todo por delante cuando aparecen en pantalla, como un vendaval, y o lo tragas o te arruina la velada. Cagney es pura dinamita interpretativa, intensidad poderosa, o lo tomas o le dejas (yo lo tomo, vaya sí lo tomo).

 

Had a Girl in Madagascar,

First I kissed her,

Then I asked her.

 

Eso cantan los imberbes soldados (pobres, carne de cañón, muchos no volverían a sus casas), rimando cómicamente, mientras marchan y aprenden el oficio de las armas guiados por Quirt (Dailey). La sardónica épica masculina. Estupenda combinación de comedia y acción en What Price Glory? (comedia y acción, siempre presentes en el cine de Ford).

Interludios de hondo romanticismo, de amor cortés, entre la joven pareja: el soldado norteamericano y la jovencita estudiante francesa. No consumarán su amor, los separará la muerte, pero sus miradas y aprendizaje del lenguaje del amor repentino e idílico son recreadas por Ford con tacto y sublimación. ¿Habríamos de congratularnos porque “las cosas no son así”?

Exteriores amplios y luminosos. Qué profundidad. El humor en el amor: aparcando ceremoniales y retóricas subidas de tono. El amor en el humor: se adivina al fondo del sarcasmo y de la botella de whisky.

Un cine que evita la estética de la fealdad, aunque la guerra sea fea, lacerante y odiosa. Un cine que se eleva sobre su tema, en busca de un estadio superior, de ética profesional y moral entre los hombres.

Las mujeres quedan atrás. Los hombres se van. El pueblo y el cementerio, ¡por poco tiempo!, quedan tranquilos. Es la guerra.

En la trinchera, sufre el soldado moribundo. Se levanta y se asoma fuera, casi desearía salir y combatir, desafiando sus graves heridas. Momento fordiano. Epifanía en soledad: ¿Dios lo ve? La lírica de la intimidad elocuente y extrema. Estamos solos, finalmente. Poco más. Acaso estos y otros momentos fordianos se basen en la premisa, justamente, de que Dios no nos ve (o no existe) cuando sufrimos y penamos en soledad.

(Y aquí es donde el cine cumple una función moral, lúcida y generosa: le corresponderá al espectador tolerante, sensible y de amplias miras hacer de dios y prestar atención a lo que otros ojos no han mirado, y compartir así el dolor. Y, antes que nada, le corresponderá conocer ese dolor y darlo a conocer, pues ha sido des-ocultado)

Solos pese a la camaradería, un sucedáneo, acaso, pero tan necesario como el aire y el agua. Es la guerra, hay que ayudarse, por encima de rencillas,  preferencias y caprichos. Los caprichos de la guerra. Por encima de cobardías y afanes de protagonismo. Porque, ¿cuál es el precio de la gloria? ¿Quedarse escondido en la trinchera y acumular medallas pasivas? Obviamente no, señala, muestra Ford. Coraje, valor, arrojo: son virtudes.

Honradez, profesionalidad. Si llaman del frente, obedeces. Si un superior ordena que te vayas y hagas esto o lo otro, has de hacerlo. Cumplamos con el deber. Una mínima disciplina... ¡no es reaccionaria, señor!

Alcohol, brutalidad, socarronería, continuos toques de humor, la 1ª Guerra Mundial vista por Ford, el amor y la rivalidad que miran a Ford.

El final, que disgustará a una mayoría de mujeres y a un porcentaje alto de hombres modernos, es honorable. Flagg y Quirt, Cagney y Dailey, ebrio uno y malherido el otro, se ponen al frente de su ejército, para continuar la guerra, dejando atrás la felicidad, el placer, la tranquilidad, la comodidad: la mujer, Calvet.

Imagen casi tan potente como la del final de El Dorado, allí con Wayne y Mitchum en papeles estelares.

Más abstracto, ligero y lúdico Hawks, más sentimental, heroico y guasón Ford.

¿A quién quieres más, nene, a papá o a mamá?