ALMODÓVAR Pedro (1949-_)

La flor de mi secreto (La flor de mi secreto) (1995: 7.0)

SECRETO. Viendo La flor de mi secreto he recordado un pasaje de El Ministerio del Dolor, terrible novela de la autora croata Dubravka Ugrešić (versión española de Luisa F. Garrido y T. Piśtelek), cuando la protagonista ve en televisión La insoportable levedad del ser, y se irrita por “la poetización que hacía la película de la ‘cotidianidad comunista’”.

¿No podría uno, de parecida manera, irritarse un poco ante la poetización (es decir: la conversión en poesía) que lleva a cabo Almodóvar de la España moderna y la antigua, la urbana y la rural, la Transición y la Democracia?

Esto daría para una tesis doctoral que no escribiré yo, ciertamente.

FLOR. Almodóvar tras la flor de su secreto. Aún habrían de pasar unos años para que el manchego globalizado tocara la tecla de la armonía total: a mi modo de ver, no tanto en Todo sobre mi madre y sí, sobre todo, gracias a Hable con ella y Volver.

La flor de mi secreto podría verse, por cierto, como un ensayo previo a la maravillosa Volver. Los momentos más hondos de la película se producen, justamente, cuando Marisa Paredes retorna, junto con su madre (impagable Chus Lampreave), al pueblo manchego de su infancia.

SECRETO. La flor de mi secreto es una obra sobre la dislocación sentimental y, a mi modo de ver, refleja la propia dislocación artística de su director. Un Almodóvar incapaz de no preparar minuciosamente cada plano con el fin de que los colores, las texturas, las líneas, los volúmenes y movimientos sean de su agrado estético, digno del melodrama Pop (Sirk más Warhol). Nada que objetar, claro, si no fuera porque en muchos instantes daría la sensación de que cada plano es un objeto decorativo que “derrota” a la historia y el drama que sostiene y disfraza. Así, ante tanto artificio, me es imposible (ni remotamente) conmoverme con las situaciones emotivas que supuestamente viven los personajes. Sí me admiro, en cambio, por el sumo cuidado y el cerebral desparpajo (por así decirse) que pone Almodóvar en la elección de todos y cada uno de sus encuadres, además de la puesta en escena, las distorsiones con espejos (esa dislocación mencionada), los peinados, el diseño de interiores, los vestidos, los objetos, etc.

SECRETO. Lo que menos me gusta es, por un lado, la sobreactuación de Marisa Paredes, en plan diva absoluta. Y por otro, esa impresión de que Almodóvar ha de jugar siempre con los tópicos más españoles, mezclando tradición y modernidad, los toreros y bailarines de flamenco con los travestis y escritoras neuróticas, como si nuestro país se resumiera en las entrevistas de los programas de Jesús Quintero. Además, y como casi siempre en Almodóvar, la historia se sostiene con alfileres, a través de transiciones y vínculos apenas creíbles; pero ya sabemos que esto no es lo primordial en el cine del universal manchego.

Película desigual y cautivadora, desmadejada y, a ratos, tan irritante como apasionante, La flor de mi secreto es una obra sobre mujeres dislocadas y resistentes y sobre hombres insensibles o frágiles en exceso.

FLOR. Almodóvar, Ministro del dolor femenino y Embajador de la España de la peineta y la paella, el progreso y los tranquilizantes. Almodóvar y la Insoportable Levedad del Ser Mujer. Almodóvar y su Misterio, su Flor, su Secreto.