FORD John (1894-1973)

Three Godfathers (Los tres padrinos) (1948: 8.5)

En una entrevista de 1936, John Ford, tras el triunfo cosechado con El delator (entre públicos más y menos exigentes), se mostraba crítico con la Industria y ofrecía un dictamen de la posible evolución del cinematógrafo (traducción mía al español; de una entrevista entre Ford y H. Sharpe, recogida en John Ford. Interviews, volumen editado por G. Peary):

 

Pronto las películas serán todas en color, porque funciona muy bien y es el medio natural. Y todos iremos al puerto pesquero de Maine o a una montaña de Iowa y contrataremos a ciudadanos americanos corrientes que encontremos allí viviendo y trabajando. Planearemos una breve historia y fotografiaremos el paisaje y la gente. En fin, así deberían ser las películas, y sería más que suficiente.

 

Este Ford rebelde, iconoclasta (como es descrito por Michael Mok en otra entrevista en el mismo volumen), que parece rozar con sus palabras los patrones del documentalismo y del neorrealismo, diría esto en 1961 (en un encuentro con Jean-Louis Rieupeyrout, en el libro de Peary):

 

En Europa, todo el mundo odia a los Yankees. ¿Puedes citar un europeo que sea proamericano?

 

Me gustan el aire puro, los grandes espacios abiertos, las montañas, los desiertos... El sexo, la obscenidad, la degeneración, esas cosas no me interesan...

 

Sí, recibo muchos guiones... ¿Mi siguiente película? He olvidado el título. Grandes actores, pero la historia no merece la pena. Es por el dinero... ¿Entiendes? Da... ¡dinero!

 

En 1948, Ford (acaso a medio camino entre ambos “tipos” de opiniones laborales y vitales) dirigió Three Godfathers. Un cine cristiano, puritano, sosegado pero radical y de frontera, casi existencial: unos hombres hasta el límite de sus fuerzas, hasta la total extenuación, muriéndose de cansancio y sed en el interminable desierto, unos hombres malos (atracadores) dando sus vidas por la vida de un bebé, la inocencia sin mancha.

Qué sed, qué desierto, qué esfuerzo, qué sacrificio, qué fotografía de Winton Hoch.

Los 3 reyes magos, en la actualización fordiana de la Natividad cristiana, son John Wayne, Harry Carey Jr. y Pedro Amendáriz. Herodes o el perseguidor es el siempre extraordinario Ward Bond.

Toques de humor, “sketches” que seguramente abrieron el filón para películas posteriores, todas peores, tales como ¡Three amigos!, la francesa Tres solteros y un biberón y sus “remakes” norteamericanos Tres solteros y un bebé y Tres hombres y una pequeña dama (Ford ya había dirigido en 1926, con temática parecida, Three Bad Men y un tal Boleslawski había hecho una versión previa de Three Godfathers en 1936).

En resumen, ¿cómo se explica un cine tan luminoso pero complejo, tan ligero como exigente, tan banal y hondo, como Three Godfathers? ¿Cómo se comprende en su entera extensión a un señor tan gruñón y cortante, tan ambiguo en sus respuestas y tan amable en ocasiones?

Ya que en esta pieza hemos hecho uso de palabras textuales de Ford, hagámoslo de nuevo (citas del mismo volumen, traducción mía al español una vez más, mil perdones). Era 1936 y le preguntaba Emanuel Eisenberg:

 

-Entonces, ¿está usted de acuerdo, como director, en incluir en una película su punto de vista sobre las cuestiones que le preocupan?

 

Apostilla de Eisenberg sobre la reacción de Ford: “Me miró como preguntándome si hacía falta responder a la pregunta”. Pero Ford respondió:

 

¿Y para qué otra puñetera cosa merece la pena vivir?

(“What the hell else does a man live for?”)