AUGUST Bille (1948-_)

Smilla's Sense of Snow (Smila: Misterio en la nieve) (1997: 5.0)

¿Un buen thriller reciente? El escritor, de Polanski. Por duro, coherente, férreo, crítico y creíble.

Bille August, realizador todoterreno, obtuvo a mediados de los noventa abundante dinero europeo con el fin de fabricar un thriller con reparto internacional que pudiese rivalizar con Hollywood.

Smila: Misterio en la nieve (vaya con el título) se sigue con interés si uno está de buen humor y sólo aspira a entretenerse dos horas escasas con varios enigmas, un par de conspiraciones y tres o cuatro instantes de acción. Un espectador más exigente (entre los que, al menos en este verano de 2012, no me encuentro), en cambio, se llevará las manos a la cabeza intentando descifrar los vínculos narrativos de una historia (guión de Ann Biderman) que, de tan deslavazada e inverosímil, es un simpático estropicio. Las transiciones entre escenas son, en ocasiones, indescifrables. Y actores famosos como Byrne, Wilkinson, Redgrave y Harris se esfuerza en mostrarse misteriosos pero, por momentos, están risibles, los pobres.

Y está Julia Ormond, estrella romántica en aquellos años (Leyendas de pasión, El primer caballero, Sabrina), heroína e investigadora en Smila, que se afana por resultar tan enigmática como Juliette Binoche en Azul, y casi tan trascendente.

La película se va atropellando a sí misma, como si (aparte del dudoso guión) hubiese sufrido un colosal “corta y pega” en la sala de montaje. Pero, siendo justos, lo cierto es que ni siquiera así uno llega a perder por completo el interés. ¿Moraleja? Muy malo ha de ser un thriller (y éste no es nada bueno) para abandonar a su entusiasta espectador por el camino.

La secuencia final, sólida y líquida entre la nieve, el hielo y el agua, parece construida a imitación de alguna antigua película de James Bond. Y finalmente la Ormond, fría como él témpano (más de Roger Moore que de Connery), se las ingenia para huir de los malos, enrollarse con un vecino friki, resolver el misterio del niño “suicidado” y pegar dos o tres guantazos. Qué polivalencia de mujer. 

Pero finalicemos con lo importante. ¿Qué le ocurriría al danés Bille August para que, tras las hermosas y emocionantes Pelle el conquistador y Las mejores intenciones, decidiera escaparse, entre comillas, de su patria? ¿Habría allí algo podrido? ¿O sería que, simplemente, el buen hombre quiso desentenderse del cinturón de castidad del triunfante Dogma 95? No le culparíamos.