FORD John (1894-1973)

She Wore a Yellow Ribbon (La legión invencible) (1949: 8.5)

Es evidente que, en ocasiones, los compañeros de viaje que nos tocan a la hora de compartir ciertos gustos cinematográficos son incómodos. Un ejemplo. A varios primeras espadas de la derecha española (política, cultural, mediática, y no siempre la más moderada o distinguida) les oído o leído reconocer su admiración por el cine de John Ford.

Dicen que compartir es vivir pero, en este caso, y aún arriesgándome a resultar repelente, escribiré que no creo que lo admiremos “de la misma forma”. ¿Ford el patriotero, el fanático, el solemne, el hiperbólico?

Hace pocas semanas (estamos a finales de octubre de 2007), el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, con motivo del Día del Pilar y la Fiesta Nacional, salió en un vídeo alentando a los españoles a... actuar como tales. El breve audiovisual (ya convenientemente desenmascarado o, si se prefiere, deconstruido por Javier Marías en un agudo artículo en El País Semanal), digámoslo sin más preámbulos, estaba en las antípodas del espíritu fordiano. Rajoy recitaba con aire cansino, burocrático y ceremonioso una sarta de tonterías al alcance de un niño de once años. Si alguien cree que eso tiene algo de patriotismo y, entendiendo las cosas en ese sentido estricto, de fordiano, estará entrando en un universo de sutilezas que yo ni por asomo presiento.

Ni siquiera una película como La legión invencible, que puede verse, a ratos, como una bonita loa a la Caballería estadounidense, va por ese gris camino de solemnes pedruscos y caspa polvorienta. No señor, no. Si hay un componente primordial, me atrevería a escribir (anti-fordianamente) que fundacional en el cine de Ford es la falta de ínfulas, la naturalidad educada, el “quitarle hierro” a los asuntos (incluso los de vida y muerte), la ausencia de impostura y un rechazo yo diría que visceral a la terca seriedad, a darse humos y a exagerar los hechos que se explican mejor con palabras humanas, socarronas y sencillas.

Por eso, la derecha, al menos la derecha española, Dios Santo, no tendría ningún derecho a reclamar a Ford como propio ni como uno de los suyos (Ford, además, era demócrata, no republicano, recuérdese). La actitud del director, sus aptitudes y, con perdón, su “mirada” resulta del todo fresca y sentimental, bonachona y borrachona, limpia y honorable, recta y abierta, tolerante y amplia. Añadamos que es un cine que, continuamente, porque teme en ocasiones pecar de grave o de emotivo o de halagador hacia la tropa, se toma maravillosos respiros. Cómo explicarlo: son los momentos más rigurosamente fordianos, en los que la historia o trama se detienen, el drama se destensa, se toma un descanso o un recreo.

Son instantes de “ocio” fordiano, para un chiste o una borrachera, para una pelea o unas palabras de cortejo, unos segundos o (pocos) minutos en los que los personajes, aún con uniforme o sombrero, se dedican a ser ellos mismos, lejos del deber, y pasan un rato de relajación, de lumbre o de canción, de whisky o de patada en el culo; o se cuentan un cuento para distraerse o colocan flores sobre una tumba o caminan hacia una puesta de sol o dejan clavados con humildad los ojos en el suelo. Eso es puro Ford y no creo que haya ningún otro director que haya sabido o podido o querido plasmar momentos de este tipo y de esta forma, y tantos de ellos. De hecho, en un western de blancos e indios, como She Wore a Yellow Ribbon, aunque parezca mentira, los momentos de acción o batalla sin más no son demasiados. Hagan la prueba: restemos del minutaje total todas esas invitaciones a la mansedumbre, al simple hedonismo sin excesos o al socarrón humorismo. El vídeo de Rajoy tendría la misma relación con una película de Ford que, se me ocurre, el vídeo de las Juventudes Socialistas (mofándose con inmensa torpeza de la ignorancia, pijismo y bruticie de los jóvenes del PP) con una película de Godard. Es decir, nada de nada.

Además de por lo dicho, me gustaría destacar algo más que me encanta de esta película tan luminosa (si bien, en ningún caso estaría entre mis favoritas: le sobra, curiosamente, algo por lo general escasamente fordiano, cierta redundancia o insistencia en “homenajear” al personaje de John Wayne, a quien se le despide y se le tributan honores tres o cuatro veces, sin necesidad).

Lo diré, jugando al ventajismo, valiéndome como sustento metodológico de unas palabras que el propio Ford pronunció en una de sus últimas entrevistas, en 1970 (con M. Haggard, en John Ford. Interviews, edición de G. Peary). Se le preguntó si hacer películas era principalmente una cuestión de instinto. Ford respondió que lo más importante era fotografiar los ojos de la gente. Y luego soltó prenda, mostrando su disgusto por cierto cine, realizado por supuestos genios, que ya llevaba unos años conquistando parcelas de poder (hoy día, tal   ocupación de determinadas maneras horteras y “fast-food” de diseñar películas y series es tan escandalosa que ya no llama la atención). Traduzco:

 

Fíjese, tenemos a todos esos genios repentinos ahora en la industria, y todos ellos se ven superados por trucados artilugios: chismes, cámaras, esos monstruos de apariencia maravillosa. Y así es que las mueven por aquí y por allá, hacia arriba y hacia abajo, para todos los lados, y uno se marea.

 

Y continuó, Ford, hablando de un joven director de aquella época que, haciéndose el interesante y moderno mientras rodaba, movía la cámara como un loco, en vez de observar a sus actores, a quienes no se dignó a mirar ni una sola vez.

Es una clave, supongo. A Ford le importaban las personas con las que trabajaba, que además solían ser amigos suyos. Por eso se suele hablar de la “troupe” de Ford. En La legión invencible, por ejemplo, aparecen varios de los habituales, tales como John Wayne, Victor McLaglen, Harry Carey Jr. o Mildred Natwick. Ford buscaba y encontraba eso que hoy día se suele llamar “buen rollo”. Evitaba las tensiones, las revanchas, las ambiciones desmedidas. Quería crear una atmósfera agradable, simpática y espontánea, de ahí que sus filmes, o al menos buena parte de sus filmes, contengan muchos momentos únicos y opino que irrepetibles e inimitables.

Ford quería a su gente, se lo pasaba bien con sus colegas, con ellos se sentía a sus anchas: disfrutaba rodando películas épicas y líricas, en grandes espacios exteriores y con pudorosos retratos interiores. La cámara y demás “gadgets” eran herramientas de trabajo que Ford no deseaba que se convirtieran en agentes de distorsión y acaparación, de ahí que no se dejaran notar, pues cumplían con una función: justamente (pero nada más que) el aspecto técnico del asunto. Pero lo esencial y lo bello, lo elocuente y misterioso, lo divertido y auténtico se encontraba en los emotivos personajes, en sus rostros y sus ojos.

Ford los observaba de frente, con naturalidad, rectitud y veracidad, y ellos (sus actores) se lo agradecían con generosidad, profesionalidad y alegría, y nosotros (sus espectadores de izquierdas, centro y derechas) se lo seguiremos agradeciendo, más allá de los tópicos al uso, el tamaño de las banderas y el tedio de las grandilocuentes, soporíferas y anti-fordianas palabras vacías.