OLIVEIRA Manoel de (1908-2015)

O dia do desespero (Un día de desespero) (1992: 7.0)

Señala Mario Vargos Llosa, en su estimulante La civilización del espectáculo (publicado en 2012), que nuestra época “ya no produce creadores como Ingmar Bergman, Luchino Visconti o Luis Buñuel” (de paso, Vargas Llosa desprecia a Woody Allen, con lo que no puedo estar de acuerdo).

Y esto sería debido a que la cultura dominante, según el autor de Travesuras de la niña mala, “privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las imágenes sobre las ideas, el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre lo profundo y lo frívolo sobre lo serio”. 

Sin embargo, en el cine del anciano director Manoel de Oliveira (aún felizmente vivo a finales de septiembre de 2012) priman la inteligencia y las ideas, lo grave, lo profundo y lo serio. 

¿Por qué (me pregunto) Oliveira no podría ser hoy, para un intelectual de la talla de Vargas Llosa, un Visconti, un Buñuel o un Bergman? Tres posibles motivos:

-Quizá porque, lamentablemente, el director portugués nunca ha llegado a tantos espectadores como el sueco, el italiano y el español; es un semi-desconocido. 

-Quizá porque, desgraciadamente, alguna crítica de cine especializada, árida y hermética ha ido apartando a muchos aficionados al séptimo arte (no necesariamente “frikis”) de nuestros clásicos modernos. 

-Quizá porque, siendo justos, el propio cine de Oliveira, pese a sus indudables méritos cinematográficos, literarios y pictóricos, haya pecado de escasa intensidad dramática y cierto ensimismamiento cultural o existencial que lo ha apartado del poder de sugestión, vitalidad y conexión que sí tenían y tienen (sin duda) tanto Bergman como Ford, tanto Visconti como Hitchcock, tanto Buñuel como Berlanga.

Un día de desespero: o cómo se sienten algunos espectadores (incluso cinéfilos) ante el cine del inmortal Oliveira (El Dormitorio de Maud).

Un día de desespero: o cómo se sentía el escritor portugués Camilo Castelo Branco en sus últimos y tristes momentos de ceguera y muerte (según se desprende de sus cartas).

Película tan original como sólidamente desnuda, tan (en cierta manera) posmoderna (por su ironía y juego con las ficciones y representaciones, y su autoconciencia) como refutación del posmodernismo (en su severidad, austeridad y hondura: como esa rueda de carro que vemos girar durante varios minutos), esta breve obra de Oliveira es seguramente una joya del cine de los años noventa.

Qué lástima que yo no haya sabido (no del todo, al menos) estar a su altura.

Admitiré que, hasta la fecha, y excepto Una película hablada, el resto de las películas de Oliveira que he tenido ocasión de ver se han ido “divorciando” narrativamente de mí durante su metraje; me he ido desenganchando de ellas poco a poco como les pasa a esos ciclistas esforzados pero no brillantes cuando atacan los mejores en los puertos del Tour de Francia.

Esta relativa desafección puede, también, que me haya sobrevenido por haber empezado a ver una película con el ánimo ya cargado y los párpados incómodos. Que no vuelva a pasar, autor. Menos ingenio, y más genio.