LOACH Ken (1936-_)

Land and Freedom (Tierra y libertad) (1995: 6.0)

UNA DEBILIDAD. Reconozco, de antemano, que al ver películas extranjeras que suceden en España, noto que, más allá de su calidad, hondura, gracia o poderío, importa mucho que tales ficciones se adapten a la manera como uno ve o entiende su propio país. Quizá por esto, la tópica Vicky Cristina Barcelona (de mi amado Woody Allen) me pareció ridícula. Acaso por lo mismo, opino que la entretenida Tierra y libertad contiene menos méritos de lo que certámenes (Cannes, entre ellos), críticos y aficionados han visto en esta película en torno a la Guerra Civil Española. Admito, pues, mi debilidad: aquí soy aún menos objetivo. ¡Y ya es decir!

OTRA DEBILIDAD. Loach no oculta sus simpatías izquierdistas, nunca lo ha hecho y me parece coherente. Uno no ve Land and Freedom con la esperanza de encontrarse un relato ponderado e imparcial acerca de nuestra cruel guerra. A partir de ahí, lo que uno sí puede es admirar el realismo dramático y la pericia narrativa (austera, pero pericia) del director británico a la hora de encarar acciones bélicas, conflictos sentimentales o escenas de gran potencia emotiva.

Y OTRA DEBILIDAD MÁS. Según Loach, la guerra la perdió el bando republicano por la división dentro de sus filas y, sobre todo, por el influjo maligno del estalinismo dentro del partido comunista y las Brigadas Internacionales. Según Loach, los verdaderamente “buenos” (generosos, solidarios, desinteresados, idealistas) de esta guerra estaban en las milicias del POUM y en la CNT; lo cual, en fin, viene a coincidir con la tradición cultural española de idealización de los heterodoxos, guerrilleros y bandoleros que se enfrentan a los poderosos (Curro Jiménez, etc.) y a la ortodoxia reinante. Esta glorificación la percibimos con claridad en varios momentos, por ejemplo en la escena, convenientemente subrayada, en la que estas milicias son desarmadas por el sector “oficialista” mayoritario del ejército rojo. Por otro lado, según Loach, aquella guerra que se perdió es una más en una larga cadena de pérdidas y fracasos revolucionarios que llega hasta el presente (de 1995); pero, como vemos en la escena final en el cementerio, la lucha continúa y continuará, puño en alto, hasta la victoria siempre.

ÚLTIMA DEBILIDAD. Ken Loach no se fía del todo de la veracidad de sus planos y secuencias y, para acrecentar el impacto emocional e ideológico, hace uso de estrategias cinematográficas más que discutibles. Por ejemplo, esa ralentización de la imagen (a la manera de Peckinpah, pero sin épica ni lírica) durante el asesinato de Blanca (Rosana Pastor), que sucede al final de la escena ya mencionada del desarme forzoso de las milicias (que es la peor, con diferencia, de toda la película: repleta de rabia exacerbada, alargada, enfática). Loach, en la estela del cine político y "de denuncia" de Pontecorvo o Costa Gavras, quiere que su mensaje sea cristalino; y lo es.

SENSATEZ. El sensato escritor español Andrés Trapiello señala (ABC Cultural, octubre de 2012, entrevista de L. Revuelta) que ha de haber “acuerdos mínimos” en torno a la Guerra Civil: 1) la sublevación del 36 fue un golpe de estado ilegítimo; 2) la República representaba los principios de la Ilustración, y la sublevación “persiguió suprimirlos”; y 3) “no había bandos de buenos netos y malos netos”.

FIN DE LA DEBILIDAD. Loach, sin duda, desestima el tercero de esos acuerdos mínimos (y el segundo le trae al pairo). El bando nacional apenas aparece en la película y, cuando lo hace, es un estereotipo: tipos chulescos, crueles, cínicos, arrogantes, explotadores. Es evidente que Loach no leyó los impresionantes relatos de A sangre y fuego, del civilizado periodista Manuel Chaves Nogales. Ese español demócrata, objetivo, culto y prudente que no se adaptaba a la imagen que Loach tenía de las gentes de nuestro país, necesariamente más pasionales, sectarias, raciales y en esa línea.