OLIVEIRA Manoel de (1908-2015)

A Divina Comédia (La Divina Comedia) (1991: 4.0)

No se me puede acusar de no esforzarme con el cine de Oliveira.

Cada cierto tiempo, vuelvo a intentarlo. Su cima, en lo que a mí respecta, Una película hablada, me produjo dudas, incomodidad y estupor. Pero sucumbí a su belleza y radicalidad como alegato en favor de Europa y su pensamiento fuerte.

Las demás obras que había visto hasta la fecha (octubre de 2012) me habían parecido interesantes y estrafalarias. A contracorriente, sin duda. Teatrales y pictóricas a la vez que pausadamente cinematográficas. Con golpes surrealistas muy de Buñuel. De elegancia austera. Obras físicas hasta el desencanto.

Con La Divina Comedia creo haber tocado fondo. Hablo de mí, no de Oliveira, se entiende. Me pongo como una moto al principio; me digo: esto va a ser una obra maestra. Me esfuerzo una vez más. Pero esta vez mis asideros artísticos o argumentales saltan por los aires. Me aburro más que nunca.

Mientras en El ángel exterminador los burgueses de Buñuel eran incapaces de abandonar la casa a la que habían sido invitados, y en Los idiotas los jóvenes anarquistas de Von Trier se hacían pasar por estúpidos para provocar a la sociedad, en La Divina Comedia un grupo de actores se hacen pasar por personajes famosos de la Biblia, Dostoievski o Tolstoi, y se dedican a recitar pasajes de sus obras. En una casa de enajenados. 

Hago lo posible por seguir con interés las conversaciones entre los personajes: sobre la vida y la muerte, el más allá y el más acá, la religión y lo profano, el sexo de los ángeles. Por momentos me acuerdo de Ionesco y La cantante calva. Pero el humor de Oliveira es demasiado sutil como para fomentar sonrisas. Viendo lo que pasa y no pasa en la casa de alienados, el que termina enajenado es este espectador. 

La Divina Comedia, como Los idiotas o El ángel exterminador, parece una gigantesca broma filosófica (acaso sociológica). Sin embargo, frente al talento malvado y preciso de Buñuel, y contra la insolencia obvia e impactante de Von Trier, Oliveira no carga las tintas. No se exhibe, no subraya, no da pistas, no hace concesiones. Nos deja con la boca abierta... lista para el bostezo literario. 

Lo más bonito de la cinta es la primera escena, Adán y Eva desnudos y acompañados de la manzana y la serpiente. Los otros 135 minutos son su soso contraplano, su extenso anticlímax.

Los últimos treinta minutos de la obra pasan ante mis ojos a cámara rápida. ¿Qué está pasando? Pues que he sucumbido al mando a distancia, he pulsado el botón de “fast-forward”. Es curioso: es así como me doy cuenta (lo digo en serio) de que las imágenes ya mudas del director portugués ganan en prestancia, deriva y misterio. Es una sugerencia para el futuro. ¡El futuro!