FORD John (1894-1973)

The Long Gray Line (Cuna de héroes) (1955: 8.5)

En Ford, el amor cortés no quita lo valiente. La delicadeza en las relaciones entre hombres y mujeres no invalida que esos hombres sean arrojados, divertidos y patriotas, ni que esas mujeres sean sensibles, hacendosas y… patriotas. Así son todos en la tropa fordiana, desde Tyrone Power a Maureen O’Hara, pasando por Donald Crisp, Ward Bond, y los demás.

Cuna de héroes es otro tributo de Ford a un hombre comprometido con las fuerzas de orden de su país, como Escrito bajo el sol o La legión invencible. Conste que los títulos españoles son mucho más “patriotas”, a su vez, que los originales, más comedidos y anecdóticamente descriptivos, menos halagadores. Era la España franquista la que traducía, sus traductores habituados a estilizar, limar o eufemizar el lenguaje, según los casos.

Lo poco que no me gusta de Cuna de héroes, como de La legión invencible o Escrito bajo el sol, por mencionar de nuevo las anteriormente citadas, es (aparte de los títulos españoles) la excesiva fanfarria de desfiles militares, propaganda armamentística y cobertura ideológica de la “necesidad”, en este caso concreto, de lugares de instrucción como West Point, donde se forma a los chicos que matarán y morirán por la patria. Inciso: después de ocho años de Bush en la Casa Blanca (2000-2008) es comprensible estar hastiado; pero tras la reciente victoria de Obama cabe contemplar el futuro con un mínimo de esperanza. No desarmará a su país (de esa industria viven miles de familias en los EEUU), no parará las invasiones de otros países en curso, pero seguramente volverá a haber gran política, diplomacia, diálogo y, a ratos, plural consenso internacional y, Dios Santo, matices en las sagradas y sangrantes distinciones entre los buenos y los malos de la película.

Lo que más me atrae de Cuna de héroes es… todo lo demás. Y, sobre todo, los interludios cómicos y sentimentales, que son una marca de fábrica fordiana, una vez más puesta en maravillosa evidencia en esta película. Decir que Ford fue un “gran narrador” no es ni remotamente acertado. Por un lado, Ford fue, primeramente, un imponente constructor de espacios, ordenados y armónicos dentro del plano, espacios tanto exteriores como interiores. Y, por otro, antes que narrar, Ford casi siempre se dedicó a crear las circunstancias adecuadas para conmovedoras escenas no-narrativas, de elocuencia humana y moral, en torno a los chistes, el cortejo y un perfil sentencioso (sabiamente irlandés), mediante una estrategia o “mirada” nada intensa sino “extensa”, caracterizada por una extremada pulcritud para pasar de puntillas (pero “pasar”), alcanzando insólitos instantes de hondura, por momentos cruciales en la vida de unos personajes: los referidos al aprendizaje y la lealtad, al honor, el amor y la muerte.

Sublime es, por ejemplo, la manera como Ford rueda la muerte de Maureen O’Hara, uno de los instantes más recogidos, respetuosos, matizados y, de nuevo, morales de la historia del cine y, así, del mundo en que vivimos.