CARAX Leos (1960-_)

Holy Motors (Holy Motors) (2012: 9.0)

No hay nada que explicar.

Película fabricada desde la más terca inspiración. Obra destinada a asombrarnos y enriquecernos con sus libres asociaciones. Incluso a fastidiarnos.

Veo Holy Motors en una sala de Madrid, en versión original, un sábado de noviembre de 2012 a las 12 del mediodía. Somos cuatro gatos. A la salida, me pierdo; he debido de tomar la puerta equivocada, acaso la de incendios, me mareo; recorro un pasillo lleno de charcos de orina y horribles paredes pintadas, llego a una puerta que no se abre. Doy marcha atrás. Un nuevo impulso. ¿Volver a dónde?

El hombre viene del mono pero la mujer acaso no. De la costilla del mono no pudieron salir criaturas celestiales como Eva Mendes y Kylie Minogue. Celestiales pese a la humillación o el suicidio perpetrados por el Autor.

Hay que reconocerlo. Leos le echa Carax.

La piel que habito, Parte II. O Matrix de arte y ensayo. Versión libre de Alicia en el País de las Maravillas, adaptada al mundo en que vivimos. Ensayo sobre el poder de las ficciones en movimiento. Ficción y puzzle sobre la incapacidad de los ensayos filmados para epatar como Dios manda. Insisto: cuatro monos.

Ambicioso, caprichoso, genial casi siempre (hablo de esta película), Carax se apoya en Denis Lavant para acometer su odisea de personajes, mutaciones, encuentros y desencuentros. Una especie de Ulises audiovisual para el siglo XXI, ya no sé si posmoderno o, como dicen ahora los más-de-lo-más, un cine After-Pop (Fernández Porta). Una sorpresa gamberra y cinéfila como los laberintos paranoicos de David Lynch. Un acontecimiento onírico y brutal digno de Kubrick y su propia odisea en forma de naves o naranjas. Holy motors y el cine anárquico o extraterrestre.

Tragicómica, ultra-moderna y extrañamente primitiva, Holy Motors es un film de limusina y alcantarilla, un film de cuchillo y contorsiones en torno a un bellísimo París. Lavant tocando el acordeón, un movimiento circular y a Lavant se le van uniendo otros músicos. Interludio musical, a la mitad de la película. Y Lavant comiendo flores de las tumbas. La provocación como método. El espíritu tan burlón como imprevisible del mejor Godard (el de los sesenta). Esa belleza del gesto. Esa fiera fealdad. Y esa violencia o ajustes de cuentas. 

Mil interpretaciones posibles pero no hay nada que explicar. Un cine sensorial, corporal, nada corporativo.

La vuelta al día en ochenta cines.

Taxi, siga a esa paloma.