FORD John (1894-1973)

Young Mr. Lincoln (El joven Lincoln) (1939: 9.0)

Este Ford posiblemente menos perfecto y sutil, más amante del “mensaje” y menos de la tropa, más breve y menos enfurruñado, a mí me gusta, me llena más que otros. El Ford sencillo, tenebrista y sentimental, el Ford humorístico, más familiar y social, aquel cercano a seres buenos, humildes y con principios, que incluso hace uso de brochazos simbólicos (plano final de Young Mr. Lincoln), me gusta más, incluso, que el más grandioso y canónico. Con excepciones, por supuesto: la epopeya ambigua de Centauros del desierto es imbatible en su terreno y en muchos otros. Pero insisto: mi Ford favorito es el de ¡Qué verde era mi valle!, por encima de Sargento negro o Cuna de héroes. El de Las uvas de la ira más que el de Río Grande o El precio de la gloria.

El joven Lincoln es el homenaje fordiano a la figura legendaria de Abraham Lincoln, mucho antes de que se convirtiera en leyenda. Aquí Ford (quién sabe si “prints the legend”, o no) se centra en un caso judicial, el primero, en el que el inexperto, afable y erudito Lincoln, contra viento y marea, decide defender a dos jóvenes pobres y sin medios acusados de asesinato. De inmediato pensé en Matar a un ruiseñor: coraje y justicia en América contra los prejuicios y la ignorancia, contra los complejos y la cobardía.

El joven Lincoln también nos pone sobre la mesa cómo la muchedumbre puede ser convencida si es tratada con educación, amabilidad y argumentos, sin desprecios ni sin dárselas de listos. A la vez, nos habla de la furia de esa misma masa, cuando los individuos, uno a uno, se confunden y se incendian unos a otros, y entonces cualquier barbaridad es posible. Es la Fury de Lang, en la que acaso Ford se inspirara: gentes sobreexcitadas capaces de linchar a quien sea, ese al que ven como culpable (lo sea o no) de una brutalidad previa. El ojo por ojo, diente por diente, pero mucho peor: como venganza en caliente, todos contra uno, saltándose la ley y el orden institucional, tomándose la justicia por su mano, como perros rabiosos. Eso es lo que Lincoln quiere evitar en el film, y evita, gracias a su valentía y perseverancia, gracias a los buenos modales y la firmeza democrática.

Éste es un Ford comprometido, feliz y sensible. El de la tolerancia y la justicia, el que muestra las razones de todos; el idealista y veraz: sus personajes lo son, son veraces, otra cosa es si los hechos mostrados en El joven Lincoln le sucedieron al homenajeado realmente, eso no lo sé… Ya se sabe que los tributos personales pueden tomarse licencias poéticas.

A este Ford lo noto sencillo, templado, pasional, como el despistado y genial joven Lincoln que retrata, dispuesto a jugársela: estudia el joven Lincoln, casi siempre semi-tumbado, en postura meditabunda pero torpe, como sin darse importancia. Lo pinta Ford, a Lincoln, con admiración pero naturalidad, como “uno de los suyos”, alguien de su divertida tropa, un tipo gracioso pero defensor de causas casi perdidas. Lincoln (y Ford, en su trabajo) es un demócrata en acto, no en potencia (eso es lo fácil). Se hace camino al andar. El movimiento se demuestra andando. Un cine radicalmente opuesto al “ande yo caliente, ríase la gente” y también, por cierto, al “vive deprisa, muere joven y harás un bonito cadáver”. Ni bonito ni caliente ni deprisa ni cadáver.