LEE Ang (1954-_)

Life of Pi (La vida de Pi) (2012: 8.0)

Uno verdaderamente quisiera dar las gracias al autor cuando la belleza suscitada por su arte nos estremece y recorre con sabios dedos el teclado de nuestra sentimentalidad.

(Javier Gomá, “Aplausos”, en Babelia, diciembre de 2012)

 

La vida de Pi es una película diferente a casi todo. Parece hecha como tantas obras de la época más feliz del cine en que los directores se afanaban en buscar el asombro del espectador ante lo exótico, la fascinación y el temor ante la inmensidad del mundo, el alborozo frente a lo que es más grande y peligroso que la vida.

Aquellas películas (casi visiones) de viajes y aventuras inauditas: travesías de Simbad, Pandora, el doctor Dolittle, el ladrón de Bagdad; Julio Verne, los hermanos Grimm, Gulliver, Hércules; dinosaurios, pulpos gigantes, alfombras mágicas. Las mil y una noches. Y aquellos espectáculos litúrgicos de DeMille, Moisés separando las aguas, etc.

El tempo narrativo de Ang Lee sorprende: como si el Renoir de El río hubiese dirigido Simbad y la princesa. De ahí que la conjunción entre lo increíble, por un lado, y la pausa (existencialista) del director, por otro, pueda provocar extrañeza surrealista como ante un cuadro de Magritte. O incluso provocar somnolencia. ¿Una pequeña barca con un tigre en el medio del océano? ¿Eso es lo que veremos durante una hora de película? ¡Imposible! ¡Qué atrevimiento! Pero con qué naturalidad lo construye y resuelve Ang Lee.

Lo mejor. La primera media hora de La vida de Pi es divertida, pícara y absorbente, empezando por sus sensuales títulos de crédito, mientras se nos muestran instantes elocuentes de diversos animales en un zoo. Toda esa parte en la que conocemos al protagonista y su familia, incluyendo el viaje en barco con los animales, es extraordinaria, repleta de regocijo, humor y misterio.

Es una película, además, de infinito calibre sensorial (y no la he visto en 3-D), como el Avatar de Cameron. La estética de las imágenes (reales, irreales, diseñadas o editadas) es un show en sí mismo. Una preciosidad. Un alucine ininterrumpido.

Las mil interpretaciones: ¿todos llevamos un tigre dentro capaz de lo peor? ¿O la moraleja es, más bien, que es mejor convivir con un tigre al lado para mantenernos alerta siempre, como le ocurre al protagonista? ¿Creemos necesariamente en Dios al terminar la película? Yo diría que, más allá de metáforas o símbolos, creemos en las facultades estéticas y narrativas (incluso curativas) del gran cine.

Lo menos bueno. Soy de los que pienso que la parte central de la película, la del protagonista (Suraj Sharma) acompañado por el tigre en una balsa en el ancho mar, se hace demasiado larga, acaso reiterativa. Es cierto que el objetivo es mostrarnos el proceso de cómo el chico intenta domar al tigre, convivir con él, incluso hacerse su amigo (o eso cree él). Hay que ser valientes, como Ang Lee y su equipo técnico, para apostar por una trama semejante. Pero, insisto, pese a que algunos críticos y espectadores hayan ahí disfrutado a raudales ante la “monotonía insaciable de la dicha” (como escribe Savater en La hermandad de la buena suerte), otros consideramos que eso se podría haber acortado; apostando más por relaciones humanas (ahí Lee es un maestro) y menos por la interacción entre el animal y el hombre, que es tigre para el hombre.