FORD John (1894-1973)

The Sun Shines Bright (El sol siempre brilla en Kentucky) (1953: 6.5)

Será paradójico pero El sol siempre brilla en Kentucky, ay, es incluso demasiado fordiana. Hasta ahora nunca me había pasado, pero aquí sí: en exceso distendida, en exceso elegíaca, obvio tributo a un personaje bueno, tolerante y conciliador, el juez Priest (Charles Winninger). Demasiado fordiana porque prescinde de cualquier atisbo de trama potente y se dedica a las pequeñas cuitas de un pueblo de Kentucky, un juicio aquí, un prejuicio allá, una historia de amor aquí y de honor allá, con continuos desfiles o procesiones (tan fordianos) y desiguales interludios apaciguadores y solidarios.

Es como si, en mi modesto parecer, Ford hubiera querido tomarse un respiro entre propuestas de más envergadura y hubiese decidido (una vez más, por otro lado) rodar un divertimento con amigos acerca de un personaje modélico (a quien se le rinde homenaje) y los casos que resuelve o diluye como Sancho en la ínsula de Barataria (como me recordó mi padre, que la veía conmigo). El resultado es acaso demasiado disperso, le falta algo de solidez a la que agarrarnos, algo más de sustancia, de “drama”, si se quiere.

Sí encontramos, como en tantas obras fordianas, ya está dicho, el recuerdo sentimental a un señor de orden (aquí un juez) que siempre hizo su trabajo como mejor supo, intentando en su mínimo mundo impartir justicia con divertida equidad e informal rigor.

Sí hay, como en varias películas de Ford, un momento y escena en los que ese personaje ha de intervenir con seriedad y valentía, para impedir el linchamiento de alguien desprotegido. A veces hay que embarrarse: como Henry Fonda en El joven Lincoln, como Gregory Peck en Matar a un ruiseñor, etc. Hay que aplacar la furia de Lang.

En suma, empecé viendo la película con gran ilusión, incluso anhelo, ya que tenía la sensación, el pálpito, de que The Sun Shines Bright se convertiría de inmediato en una de mis favoritas entre las películas de Ford: una en mi lista principal con ¡Qué verde era mi valle!, Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, Pasión de los fuertes o Las uvas de la ira, para mí todas ellas obras maestras e irreductibles.

Pero no ha sido así: pese a que seguramente (como el propio director parece ser que admitió) sea el film más fordiano, acaso la “quinta esencia” de Ford, como suele decirse, quizás aquí Ford se relajase en exceso: y es que no hallo elementos suficientes para el regocijo o la emoción, a excepción del bonito final (en plano inverso al último de Centauros del desierto), con Charles Winninger entrando en su casa, ritual despedida fordiana, tras haber resuelto un buen puñado de entuertos y haber desfilado varias veces por las calles del pueblo.

Película sobre la dignidad del buen gobierno, sobre la cintura política y humana, sobre la decencia y la humildad, The Sun Shines Bright cojea (o “me” cojea) justamente por no haber sabido (o no haber querido, probablemente) enhebrar una narración, una historia ligeramente más musculada.

Leo en una entrevista reciente (diciembre de 2008, El País) que el director David Fincher sentencia (a preguntas de R. Ayuso): “Lo que te da estilo, lo que te hace reconocible, es tu forma de resolver los problemas”. Definición que, “por definición”, no se ajusta de ninguna manera al cine de Ford, en todo caso no al Ford de filmes tranquilos y menores como El sol siempre brilla en Kentucky, cuyo divisa podría ser (me la invento): lo que te da estilo, lo que te hace reconocible, es tu forma de esquivar los problemas: los problemas los tiene y resuelve el personaje, no el director, que más bien mira, admira y entiende.