POLANSKI Roman (1933-_)

Death and the Maiden (La muerte y la doncella) (1994: 8.5)

Polanski en un decenio escasamente prolífico para él, los noventa.

Polanski y la amenaza, la crueldad, las dudas, la sospecha, la paranoia, la tortura, el morbo. La dominación masculina. Y el cambio de roles: la mujer quiere darle la vuelta a la tortilla y poner las reglas.

Polanski brillante y preciso a partir de una obra teatral del argentino Ariel Dorfman y un guion inmaculado de Rafael Yglesias (Los miserables, Desde el infierno). Esas dictaduras sudamericanas con víctimas (las vivas) cuyas heridas no cicatrizan. Esos fantasmas del pasado que se materializan en el presente. ¿Qué hacer?

Polanski y la paranoia, más acusada y explícita que en cualquier obra de Harold Pinter. Un Polanski cómodo en un molde teatral, que modifica a su antojo (así son los genios) con primeros planos (sorpresa, rabia, resignación) y turbias vueltas de tuerca a la puesta en escena (p.e. en la grabación de la “confesión” del supuesto torturador). 

La estela, en efecto, del cine entre cuatro paredes, claustrofóbico y sin salida: Llamada a un asesino, El bosque petrificado, Cayo Largo, El ángel exterminador, La noche de la iguana, recientemente La deuda. El propio Polanski, en su última película estrenada hasta la fecha (escribo en diciembre de 2012), Un dios salvaje, se siente confortable en estas vehementes y pequeñas obras de cámara; obras muy habladas donde el concepto de civilización se pone en duda cuando los personajes, a priori demócratas, sensatos y confiados al Imperio de la Ley, terminan explotando si se ven arrinconados, amenazados por palabras peligrosas que podrían generar (y degenerar en) actos violentos y criminales.

Extraordinarios Ben Kingsley, Stuart Wilson y una Sigourney Weaver más tensa (e intensa) que si tuviese al mismísimo alien acechando por allí cerca. Casi.