FORQUÉ José María (1923-1995)

El Diablo toca la flauta (El Diablo toca la flauta) (1953: 7.0)

José María Forqué, director de las estupendas Amanecer en Puerta Oscura y Atraco a las tres, casi debutaba cuando en 1953 rodó El Diablo toca la flauta, una parábola sobre la vanidad durante el franquismo. Lo que no se toca es ni el temor a Dios ni la estabilidad del amor en matrimonio. Las ínfulas de algunos personajes, en distintos momentos de la historia reciente de aquella España, les llevan a creerse pequeños dioses, henchidos de ambición y de ínfulas artísticas o inventivas, hambrientos de gloria y riquezas. El enviado por el Demonio, un diablillo que encarna el gran José Luis Ozores, intenta inocular el vicio del egoísmo y la glotona fama a tres o cuatro personajes, pero en todos los casos falla en su cometido y terminará en el Infierno, recluido tras rejas que castigan su falta de talento para el Mal.

¿Cómo no recordar El malvado Carabel, de Fernán Gómez, realizada un par de años después, donde otro hombre era incapaz de hacer el mal, por mucho que lo intentase? ¿Y Faustina, de Sáenz de Heredia, en la que el propio Fernán Gómez hace de demonio sin gran éxito en sus tareas terrenales? ¿Y El ojo del diablo, de Bergman, realizada siete años más tarde, con otro diablillo intentando que una joven doncella peque como Dios no manda?

Así que, al contrario que en la influyente ¡Qué bello es vivir!, en El Diablo toca la flauta un demonio es enviado a la Tierra, a España, a hacer de las suyas y tratar de hacer méritos con el fin de impresionar a sus superiores. Claro que el tono de El Diablo toca la flauta es de comedia pedagógica, de parábola española que incluye varios componentes intemporales y abstractos. ¿Cómo no darse cuenta de que se trata de un subgénero muy español durante el franquismo, alcanzando en general altas cotas de elocuencia, divertimento y penetración, en películas como La patrulla (Lazaga), La ironía del dinero (Neville), El malvado Carabel (Fernán Gómez), Faustina (Sáenz de Heredia) o Bombas para la paz (Román)? En todas ellas existe un elemento de fantasía, de realismo mágico, de trama inviable pero, en todo caso, aleccionadora. Somos poca cosa: este cine alertaba al público español sobre los desatinos del Destino con mayúsculas, el creerse más de lo que somos y pretender que el dinero y la gloria son salvoconductos para alcanzar una Felicidad también con mayúsculas, rimbombante felicidad.

La película de Forqué es inferior, seguramente, a todas las demás citadas, sobre todo porque cuando no aparece en escena José Luis Ozores la historia se vuelve algo insulsa e irrelevante. También porque aquí el mensaje se pone demasiado encima de la mesa y el carácter universal de la parábola queda más arrinconado al rincón que era España, católica, sumisa y decente.

Se me ocurre, de todas formas, que es un tipo de cine cuyos recursos retoma, con elegancia suprema, descreimiento supino, frialdad calculada y modernidad literaria, el escritor Juan Benet en sus Trece fábulas y media y Fábula decimocuarta, publicadas en 1981 (y 1991).

Hablando de la solemne, canalla pero acaso ingenua vanidad de los hombres, pienso que no sería del todo inapropiado (sí algo extravagante, como de estrafalario epílogo), finalizar esta pieza con una frase del personaje del Maestro en la fabúla número 13 del libro de Benet. Éste señala, tras cerrar los párpados de su discípulo recién muerto: “Cuanto más canalla es la doctrina, mejor el discípulo”.