FRANCO Jesús (1930-_)

Rififí en la ciudad (Rififí en la ciudad) (1963: 8.0)

Empieza Rififí en la ciudad y, de inmediato, siento que aquel Franco se había inyectado en vena a Welles (el de Ciudadano Kane y Sed de mal), a Fuller (The Naked Kiss es incluso posterior a Rififí) y a Melville (La deuxième souffle es incluso posterior a Rififí); y conocía al primer Godard (el de Bande à part), además de a Aldrich (acaso el de Baby Jane), a lo mejor al primer Bava (el de La muchacha que sabía demasiado), a Corman (el de Bucket of Blood), a William Castle (el de Homicidal) y, yendo más atrás, a Ulmer (Detour) o a tipos contemporáneos de Welles como Vincent Sherman (Affair in Trinidad). (The Honeymoon Killers de L. Kastle es incluso posterior a Rififí).

Rififí en la ciudad, año 1963: otra España era posible: más carnal, menos desaprensiva, más peligrosa, menos pacata, más liberada, menos costumbrista, menos literaria, más cinematográfica. Aunque la película de Franco, por obra y gracia de nuestra abultada Censura, tuviese que desarrollarse en algún país de Sudamérica. Pero la España de Jess Franco era ciertamente otra España, que miraba hacia fuera de sus fronteras, lejos de la propaganda y la religión, el mundo rural, los toros y la mugre. Lejos de la cultura española.

Entre otras cosas, veo que Rififí en la ciudad es, como pura película, una coreografía de personajes, ambientes, música y ritmo cinematográfico, una leve maravilla resuelta mediante una graciosa ejecución y un poderoso componente visual (sobre todo en el plano, no tanto en la escena, más en los rostros, obsesiones personales y movimientos, y menos en las motivaciones psicológicas o interpretaciones dramáticas).

Vista desde ahora, la progresión de Jesús Franco en el mundo del cine resulta misteriosa y frustrante, arrojando dudas sobre casi todas las cuestiones esenciales que, sobre el cine como Arte y el director como Autor, se pueden realizar. Sí somos testigos, en cambio, de un “toque Franco” que luego permanecería, en la utilización de la susurrante “voz en off” que se superpone a las imágenes del mar o el cielo, las casas y las nuevas olas. Este elemento estupefaciente puede rastrearse en otras películas de Franco de poco después, ya con el látigo por montera amaestrando vampiras, descorriendo cortinas perfumadas y desnudándose frente al mar Mediterráneo en estado de mutante embriaguez.

Pareciera que J. Franco quiso liberarse a lo bestia (como alguien que llevara largo tiempo fingiendo ser decente mientras por dentro deseaba, enfebrecido, rasgarse las vestiduras) de las ataduras de los corsés y convencionales ropajes emocionales y morales propios (personales) y de la Nación. De ahí que tirara, movido por inciertos impulsos de orgullosa autonomía (acaso no muy diferentes, en realidad, a los que movieron a Godard a finales de los sesenta a tirar hacia el tinglado maoísta), hacia un estrafalario monte, como un maquis no tanto revolucionario como revolucionado. Y fue a esconderse (sin crear escuela) detrás de unos arbustos cosmopolitas con el claro fin de experimentar, con independencia económica, a partir de las diversas conquistas anti-narrativas (entre ellas, las del cuerpo) que pululaban por la vanguardia “pop” y “hippie” del momento. Nada de idealismos y de derrotar al tirano (un mero político), lo que urgía era quitarse la ropa, lanzarla al mar y buscar una posición estética y libre en los márgenes de aquella España que aún viviría bajo el mando del otro Franco hasta 1975, y bajo el palio de la señora Censura hasta diciembre de 1977.

A J. Franco los hados culturales, en su reacción frente a “lo previo”, le conducirían, pues, hacia universos eróticos y erráticos, hacia el porno-terror, el suspense barato y alucinógeno, las tomas largas que ahorraban tiempo y dinero, pues ya decía Godard que se podía “montar” con y desde la cámara.

Volvamos a Rififí, no nos desmadremos. Qué papelones. Fernando Fernán Gómez, para empezar. Algo de tortuoso destino, de marca de la desgracia atisbamos desde el mismo inicio en el personaje del gran Fernán Gómez (Tourneur y Retorno al pasado, mucho cine de Lang, etc.), que sabemos que terminará mal, engañado y sin suerte, honrado pero aliado con la muerte. Y están espléndidos Jean Servais y Agustín González, Laura Granados y Marie Vincent.

Retrato de un dictador: el empresario que quiere llegar al poder utilizando cualesquiera herramientas, legales o menos. Ese es Leprince (J. Servais) en el film, un Kane trasplantado en algún país de Latinoamérica, un emigrante francés que allí se estableció y que, como tantos otros (por razones casi siempre oscuras), hizo fortuna. El típico “hombre hecho a sí mismo” (una repugnante mentira siempre: a cuántos hay que pisar para hacerse a uno mismo), que reclama como divisas propias la Justicia,la Libertad, el Bienestar y la Felicidad. Faltaría más. El cinismo habitual del político ambicioso y despreciable, en este caso además criminal, que hará lo posible por ingresar en el altar de los poderosos con voz de mando, para ello haciendo un uso cínico de las palabras, que pierden por entero su significado y se convierten en ganchos para atraer a pobres diablos y diosecitos ignorantes, que casi da lo mismo. Ignorancias, miserias.

Cine negro mediante el que Franco quería demostrar que sabía lo que se traía entre manos: narrar con pulso y misterio, desde un sinuoso virtuosismo con la cámara y la iluminación, además de marcar su dominio tanto de los intensos primeros planos (muy de Fuller) como de los amplios espacios y ambientes cargados de humo, de whisky y de luces y sombras. A su vez exponía su conocimiento de lo que suele venir emparejado con el poder conquistado de manera poco limpia: el tráfico de drogas, la prostitución de lujo, el desprecio por el saber, etc. Los escrúpulos no sirven si lo que se quiere es ganar... dinero y poder.

Cinco minutos de Rififí en la ciudad (propongo los primeros, en paralelo con los originales y enigmáticos títulos de crédito) valen más que todo el cine de Tarantino post-Pulp Fiction. Lástima que tantos no se den por enterados, aplastados por la dictadura del gamberro cine-basura (ya canónico en los suplementos culturales, sobre todo los juveniles tipo EP3, como vanguardia del arte cinematográfico), la brocha gordísima del “cine-tón” (variante fílmica del reggae-ton con iconografía del rap en sus tetudas tías buenas y sus tipos de tatuajes y pantalones caídos con pinta de mafiosos) y la ya famosa “ketchup-ización” de la violencia gratuita, la agresividad “cool” y los diálogos macarra-“fashion”, despreocupados de cualquier perspectiva amplia o un mero  interés por explicar y mejorar el mundo, por no hablar del desprecio total por cualquier signo de “realismo”, de compromiso o demás lemas poco menos que estalinistas.

(Hoy día no creo imposible argumentar que la muerte de Francisco Franco le sentó mal a Jesús Franco, desató su fiera menos coherente y creativa y lo embarcó en un extraño viaje en el que daría y sigue dando rienda suelta, sin gran criba moduladora, a todas sus proyecciones porno-eróticas, fantasías anarco-terroríficas y paranoias pasión-anales que se le pasan por la cabeza y bastante más abajo)