REDFORD Robert (1936-_)

A River Runs Through It (El río de la vida) (1992: 9.0)

El río de la vida es un clásico del cine americano de los años noventa. Una de esas obras admirables, sentimentales y profundas que saben hacer los estadounidenses mejor que nadie. Una de esas películas ajenas a modas, coyunturas y noticias de impacto.

La tradición (narrativa, teatral) de las sagas americanas que se enraizan en hondas cuestiones históricas, religiosas, culturales. El individualismo y la tradición. La familia y el trabajo. El dinero y el amor. La iglesia y el burdel. La valentía y la cobardía. La virtud y el pecado. La pesca, las apuestas, el río y el paso del tiempo.

Son términos esenciales que se balancean prodigiosamente por las esbeltas imágenes y sutiles diálogos de esta película excelente. Quizá le sobre, a A River Runs Through It, el epílogo desde el “presente” (aunque no estoy seguro), lo cual no empañaría en ningún caso el sabor, el color y la emoción que desprende esta obra de arte mayor.

Brad Pitt nos regala su mejor interpretación de siempre, y está bien acompañado por Craig Sheffer, Tom Skerritt, Emily Lloyd y Brenda Blethyn.

Creo haber vislumbrado, en este mi segundo visionado de la película (febrero de 2013), un cine por momentos fordiano, como en la escena en la que sabemos qué hermano ha muerto, y vemos al padre sentado y roto y a la madre subir las escaleras lentamente. O las escenas de comidas en familia. Y los instantes pescando en el río, sin apenas palabras. Y en la iglesia, con muchas palabras solemnes.

El río de la vida es una hermosa y salmódica elegía que no evita los temas que más nos importan, nos duelen y alimentan. Antes, ahora y en el futuro imperfecto.

Robert Redford, uno de esos actores norteamericanos que se han vuelto estupendos directores, es capaz de hacer un cine valiente, emotivo y cercano en el que el sentimiento no sólo no descarta el pensamiento, sino que lo fomenta.

Epílogo (palabras bellas de El olvido que seremos, de H. Abad Faciolince):

 

No es la muerte la que se lleva a los que amamos. Al contrario, los guarda y los fija en su juventud adorable. No es la muerte la que disuelve el amor, es la vida la que disuelve el amor.