ARANDA Vicente (1926-_)

Intruso (Intruso) (1993: 4.5)

De repente, un extraño, como en la película de Schlesinger, Melanie Griffith, Modine y Keaton (de 1990). En versión española. 

Un hombre del pasado que irrumpe en el bienestar de una pareja con encantadores hijitos. Y a nuestro Vicente Aranda, una pena, que se le va la mano con la brocha gorda.

Intruso es del mismo año que El amante bilingüe: ambas obras de Aranda carecen de elaboración, solidez, paciencia y verosimilitud. Ambas abusan de tonos macabros y salidas de tono casi infumables; en ambas hay personajes femeninos (aquí, Victoria Abril) sensuales e inestables y personajes masculinos (Imanol Arias) atormentados por un antiguo amor que ya no es correspondido (o no del todo).

Intruso empieza de manera magnífica, hitchcockiana incluso: con un encuentro imprevisible, un estupendo misterio, un campo abonado para emociones urbanas que sirven para salir de la rutina: esos burgueses de Aranda que viven al amparo del placer y el dolor de sus cuerpos. Seres (siempre en Aranda) ensimismados, enajenados del mundo por culpa de sus pasiones impostergables, sus calambres mentales, sus tórridos alientos.

No obstante, y de inmediato, la película desemboca en un terreno indeterminado, hiperbólico, oscuro, enfático. El guion se hace sórdido e inviable, y tanto Antonio Valero como Imanol Arias sobreactúan sin disimulos, presos de una historia que prometía mucho pero ha derivado hacia un terreno erótico pero no atractivo, obsesivo pero no creíble, dramático pero al borde de lo ridículo.

Aranda, por lo que voy viendo y revisando (en febrero de 2013), no supo repetir la punzante hondura de Amantes. Aunque a finales de los noventa se quedaría cerca con la muy atractiva Celos. Hablando de celos: sentimiento clave en el cine de Aranda.