AMENÁBAR Alejandro (1972-_)

Abre los ojos (Abre los ojos) (1997: 7.5)

Fui al cine a ver Abre los ojos en 1998 con amigos de la universidad. 

A la salida, yo era el más impresionado de todos. Había, literalmente, flipado con la segunda película del joven Amenábar. Una película de esas que te engullen con su atmósfera inquietante y que, al final, apetece tanto interpretar; eso que algunos denominan peyorativamente "pajas mentales". 

Era normal: los protagonistas eran, como nosotros, jóvenes. Salían por la noche, no sabían muy bien lo que querían pero sí deseaban que las chicas guapas se fijaran en ellos. El futuro no estaba escrito. Había chicas buenas y "femmes fatales". Tenían y teníamos nuestras “paranoias”, como se decía en lenguaje coloquial. Nos interesaban los sueños. Y la mezcla e interferencias entre realidad y ficción, verdad y pesadilla nos fascinaban.

Así que Abre los ojos era una película perfecta para jóvenes en edad de flipar, que no de merecer (no en mi caso).

Ahora, en marzo de 2013, vuelvo a verla y me parece una película notable más que potable. Más estilizada y armónica que Tesis. Pero con menos “punch” por su evasión del mundo en que vivimos. Una obra que reescribe los dilemas argumentales y dramáticos del universo Hitchcock (el doble, el falso culpable, la obsesión por el ideal, los recuerdos, la culpa…) en una década que había quedado “tocada” estéticamente por los brazos de pulpo de otro gigante, David Lynch.

Casi con 37 años, ahora soy menos impresionable y el jugueteo dentro de una película con lo real e irreal, con lo soñado y lo vivido, me puede resultar algo cargante, irritante y desalentador. Sin embargo, admito que Amenábar (y su guionista M. Gil) diseñan una película excitante, ambigua y excelsa en sus formas ante la que uno no bosteza en ningún momento. Es cierto que la cinta decae en su última media hora, a medida que vamos notando cierta impostura juvenil y “paranoica” (en su sentido coloquial y no coloquial del término), pero imágenes como una bella Penélope Cruz haciendo de mimo o la visión onírica final de Eduardo Noriega en la azotea del edificio son magníficas y sugerentes.

Una película que nos propone, además, elementos para el debate sobre la belleza, la amistad, el amor y la inmortalidad, nada menos. Y, por qué no, abre la puerta a una discusión sobre la proverbial ausencia de alegría en las películas de Amenábar.