FERRARA Abel (1951-_)

King of New York (El rey de Nueva York) (1990: 9.0)

Del mismo año que El Padrino 3, Uno de los nuestros, Días salvajes, Muerte entre las flores; dos años antes que Reservoir Dogs, tres años antes que Atrapado por su pasado

Compruebo que, en aquellos tiempos, Abel Ferrara hacía un cine tan profundo y punzante como el de Coppola y con tanto ritmo, violencia y talento visual como Scorsese, De Palma, Wong Kar-Wai, Tarantino… La crème de la crème.

Fusión de lo mejor en forma y contenido, por decirlo de manera simple.

Realismo sucio, realismo áspero, realismo intenso; las ráfagas visuales (me acordé del Rudolph de Inquietudes) y una narración violenta y excelsa se combinan con extraños momentos de contemplación, de calma antes de la tempestad. Un enorme Christopher Walken, su rostro imprevisible, dentro de un automóvil. Ese increíble reparto masculino. Esas estupendas féminas, esos cuerpos. 

Los fantásticos momentos de música hip-hop y de baile en la penumbra; de metralleta y desafío, de policías y asesinos solos ante el peligro. Y la droga, que marca el camino del crimen en la ciudad de Nueva York. Y los polis frustrados, que se saben menos protegidos que los malos de la película, cuyos abogados los sacan de la cárcel a los diez minutos. Y ese malo carismático, ese Frank White que compone con enigma y pasión Christopher Walken, que se pasea por hospitales privados financiados por él mismo, para que la “working class” de NY tenga tantas oportunidades de sobrevivir como los ricos. Populismo criminal no tan ajeno (escribo en Madrid, marzo de 2013).

Ambigua, dura, “hard-core”, sexy y sin concesiones, El rey de Nueva York es una grandísima película de Abel Ferrara, un director que no bromeaba casi nunca. Un director que, como Pasolini, navegaba con sus personajes incluso a la deriva, a la espera de la tempestad o la calma, peligrosamente identificándose (pero sin espejismos de estética). 

Un Ferrara que, como el Cassavetes de El asesinato de un corredor de apuestas chino, apuesta por la descripción brutal de la ciudad moderna, mostrando las conexiones entre los poderes y las drogas, el dinero y el gangsterismo, los escrúpulos y la atmósfera. Con un talento fuera de lo común para el movido retrato en corto (primeros planos), la descripción urbana (los metros y trenes, el extrarradio, las noches lluviosas, las alcantarillas, los pisos lujosos o mediocres, los vertederos, las putas y la mala vida) y la narración espasmódica; un talento que para sí querrían los innumerables discípulos de alguno de los directores que he mencionado más arriba. Insisto: unos párrafos más arriba.