BARDEM Juan Antonio (1922-2002)

Calle Mayor (Calle Mayor) (1956: 9.0)

Inspirada en La señorita de Trévelez, obra teatral de Carlos Arniches de 1916, Calle Mayor, dirigida por Juan Antonio Bardem tras Muerte de un ciclista (su otra obra cumbre), se alejaba ética y estéticamente de la “farsa grotesca” y los sortilegios verbales del “gran maestro del sainete contemporáneo madrileño” (Andrés Amorós, en su introducción a La señorita de Trévelez) y optaba por una aproximación grave, profunda, sociológica y existencial, más en la onda de las obras teatrales de Buero Vallejo o de novelas jóvenes e intensas de aquellos años como Nada (Laforet), La sombra del ciprés es alargada (Delibes) o Congreso de Estocolmo (Sampedro).

En lo único que se parecen (parcialmente) el libro y la película es en el mensaje final, crítico con la banalidad, la crueldad, la burla grosera y la incultura. Así, en las dos últimas páginas de La señorita de Trévelez, pasada ya la indecente broma a costa de una ingenua mujer, Don Marcelino, el personaje culto y conciencia moral de la obra, sentencia: “¿Qué ideales van a tener estos jóvenes que en vez de estudiar e ilustrarse se quiebran el magín y consumen el ingenio buscando una absurda similitud entre las cosas más heterogéneas y desemejantes?” Para concluir: “… la manera de acabar con este tipo tan nacional del guasón es difundiendo la cultura. Es preciso matarlos con los libros, no hay otro remedio”.

De parecida forma, dos personajes de Calle Mayor, el amigo (Yves Massard) del protagonista (José Suárez) y el que parece el cronista oficial y literato de la ciudad (René Blanchard), son también la voz del sentido común y la conciencia, no dejándose arrastrar por un ocio vulgar basado en el escarnio de los demás. Como Los inútiles de Fellini, la pandilla de amigos del protagonista de Calle Mayor se dedica, por culpa del dichoso “aburrimiento”, a hacer el vago, jugar a los naipes, acudir a locales de alterne y planear chirigotas. Carecen de cualquier horizonte vital, cultural, moral.

Las diferencias son acusadas entre libro y película. Sobre todo, en el lenguaje. En Arniches: juegos de palabras, drama hiperbólico, frívolo casticismo. En Bardem: seriedad bergmaniana, sobriedad formal (con apuntes expresionistas), crítica de costumbres (y crítica del Régimen), elogio de la libertad.

La película gravita de principio a fin, como en Cielo negro (Mur Oti), el otro gran melodrama español de “cine de mujeres” (Vicente J. Benet, El cine español: una historia cultural), en torno a la protagonista, encarnada aquí por una maravillosa Betsy Blair, la solterona de la ciudad de provincias (¡con 35 años!) sobre la que se construye el cruel simulacro. Hay momentos extraordinarios en Calle Mayor, siempre con Betsy Blair en una doble vertiente: la insólita ilusión y la atroz desilusión.

La ilusión: su cara iluminada sin disimulos, cuando comprueba en la iglesia que tiene a un guapo pretendiente; sus pasos por el edificio en construcción, donde ella se imagina las habitaciones del futuro hogar que compartiría con su (falso) enamorado; sus besos incansables; su ansia por oír “te quiero”.

La desilusión: la escena final, cuando le cuentan la verdad y se queda sola, compuesta y sin novio, observando el salón de baile vacío; cómo mira y miramos el vestido que iba a lucir en su puesta de largo; y su rostro tras los cristales, una resignada y ya eterna desolación.

Magnífica película, portentosa Betsy Blair, excelente Bardem en su adaptación a la pantalla de la obra del cansino y ornamental Arniches. Será un tópico, pero qué lástima (escribo en abril de 2013) que ya no se hagan en España películas así.