ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Il Generale della Rovere (El general de la Rovere) (1959: 8.0)

Voy al CBA madrileño a disfrutar de El general de la Rovere en pantalla grande un día de finales de abril de 2013. Echo un vistazo a la gente antes de entrar: si no me falla la vista, soy el más joven de los espectadores, con mis 37 años. ¿Por qué tan pocos menores de cuarenta se animan a revisar clásicos en pantalla grande? He pagado cinco euros y medio por la entrada. Con un bono de diez, habría salido incluso más barata. El precio es de risa: una joya del cine a precio de pinta de cerveza. 

Asumo que la gente de mi edad, ya no digamos los plácidos o indignados veinteañeros, no se siente seducida por este cine. O lo desconocen. Quizá porque no lo descubrieron en su momento gracias a amigos, familiares o programas como ¡Qué grande es el cine!. O sí lo conocen pero les da igual: no les parece excitante, ni moderno, ni paródico. Y luego están los nuevos intelectuales, los Nocilla y After Pop, para quienes el Humanismo es el enemigo a batir. Es imposible que tipos abducidos por los cómics, la publicidad, el vídeo-clip y la cómoda fragmentación puedan entrar en una película tan clásica, comprometida y limpia como El general de la Rovere.

Veo este cine de Rossellini y pienso en el gran Orwell (otro aburrido, he de suponer). Tipos de mirada amplia y ecuánime, capaces de detectar injusticias y de no mirarse el ombligo. Pienso en Las armas y las letras, la excepcional obra de Trapiello: sus juicios implacables a la vez que piadosos, teniendo en cuenta las circunstancias pero no dejándose paralizar por las poses estéticas, los rizomas dramáticos.

El general de la Rovere no se encuentra, a día de hoy, entre mis títulos favoritos de Rossellini. Quizá porque se me antoja algo larga: acaso el director italiano podría haber acortado en varios minutos tanto la primera mitad, fundamentada en las estafas y picaresca de Berdone (un estupendo Vittorio de Sica) durante la ocupación nazi de Génova, como la segunda, cuando el falso general de la Rovere (de Sica) está en la cárcel. Un inciso: cuántas películas maravillosas de prisiones e intentos de fuga: La evasión, Fuga de Alcatraz, Un condenado a muerte se ha escapado, Cadena perpetua, etc.

Rossellini y su dominio justo (sin adornos) del espacio: cómo sigue al personaje de Vittorio de Sica, pegado a las paredes de la ciudad, desconfiado, entrando y saliendo de cafeterías y tiendas de empeño. Rossellini y la medida justa del hombre (ese deplorado humanismo): sobriamente, observando sin aspavientos (por momentos, como si fuese un documental) las andanzas de este buscavidas (un Schindler de baja intensidad) en una Italia plagada de edificios en ruinas, miseria y pavor. Rossellini y la dignidad última del ser humano, que no se deja pisotear por la abyección. Alegato en favor de las letras, contra las armas.