HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Marnie (Marnie, la ladrona) (1964: 9.0)

El díptico de Hitchock y su (al parecer) “maltratada” actriz Tippi Hedren es, para el espectador atento y entusiasta, esencialmente placentero. Un deleite para los sentidos de principio a fin. Un éxtasis de formas, colores, movimientos, puesta en escena, onírica irrealidad y “sorpresas” (factor clave en el cine de Hitchcock, me lo recuerda V. Molina Foix en su clásico El cine estilográfico, cuando escribe sobre Vestida para matar).

Marnie, la ladrona (como Los pájaros) es, en última instancia, una historia de amor arrebatado en la que un hombre enamorado, incluso fascinado, por la rubia, enigmática y desequilibrada Heddren, logrará vencer los obstáculos irracionales (psiquiátricos) para acceder a ella en un catártico y rutilante final feliz.

La tranquilidad y, suponemos, la felicidad (como en Los pájaros) sólo llegará en el último minuto y el último plano de la sabrosa trama, una vez que Marnie consigue recordar y asumir su traumático episodio infantil y se reconcilia con su pobre madre. Sean Connery, abnegado en su labor de conquista, y pese a todas las dificultades que atraviesa la forzada relación (qué horrible luna de miel, como un reverso o simulacro de Tú y yo), podrá finalmente disfrutar plenamente de la compañía y el cuerpo de su rubia ladrona.

Mi retorno a Marnie (en mayo de 2013) no ha podido ser más exultante.