HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Psycho (Psicosis) (1960: 10.0)

1960, uno de los grandes años de la historia del cine: 

Rocco y sus hermanos, El apartamento, La evasión, Río salvaje, El ojo del diablo, Ojos sin rostro… (y La tienda de los horrores y Sólo para hombres, dos debilidades mías de Roger Corman y don Fernando Fernán Gómez).

Psicosis, una de las películas más inquietantes de la historia del cine. O dejémonos de monsergas: la más inquietante y punto.

Norman Bates (Anthony Perkins), uno de los personajes más perturbados y perturbadores del séptimo arte. Sólo divisarlo a lo lejos ya provoca desazón.

La primera parte de la película, protagonizada por Janet Leigh, es una de las más originales muestras de cine “contra las expectativas”, culminando en la (justamente) famosa escena de la ducha.

La segunda parte del film es Territorio Perkins: cómo mira, cómo se mueve, cómo habla. ¿Nos amenaza o le amenazamos? No está claro. Una creación extraordinaria. ¿O Perkins era así?

La música de Bernard Herrmann, una de las más afiladas y fascinantes de la historia del cine. Vemos a Leigh en su coche y, cuando se le aplica esa música, se nos encienden todas las alarmas. ¿Qué está pasando? ¿Hacia dónde va? Y sospechamos que la película no va a ser meramente un thriller de robos y persecuciones. ¿Se inspiraría remotamente Haneke para Funny Games en esa huida sin rumbo de Leigh en Psicosis?

Hitchcock, entre el cine gótico, el policíaco y el thriller, en la primera parte, se inventa en la segunda toda una tendencia del cine de terror. Esa sobrecogedora casa a la que sube o de la que desciende Bates. Esa figura de la madre recortada en la ventana. El horror no sobrenatural sino tan cercano: la mente, que juega con nuestros cuerpos.

Pobres rubias de Hitchcock. Y qué terribles madres, las de Hitchcock. Ver Psicosis tras Marnie y Los pájaros (y tras Belle de jour o Repulsión, por cierto) es una experiencia fantástica y temible. Los ritos se repiten. Hitchcock castigaba con escasa piedad a sus atractivas rubias y, por su parte, el espectador (de ahora, de antes, de siempre), convertido en pasmado voyeur, se lo agradecerá eternamente. 

Con una sonrisa y un escalofrío (mayo, 2013).