LAZAGA Pedro (1918-1979)

La ciudad no es para mí (La ciudad no es para mí) (1966: 6.5)

Agustín Valverde (Paco Martínez Soria) es un ángel hecho hombre: un personaje digno de Capra pero sin darse ínfulas humanistas.

En su humilde pueblo, es el más querido porque a todos ayuda según sus necesidades. Es solidario, bondadoso, popular y populista, más que el alcalde y el cura juntos. Incluso busca tretas (una partida de tute) para intentar que sus vecinos más desfavorecidos no paguen la contribución. Hoy día (mayo, 2013), un personaje semejante simpatizaría con bastantes consignas del 15-M y vendería casi tantos libros como el ex político Miguel Ángel  Revilla…

En fin. La cosa es que la vida de este hombre se complica cuando va a la gran ciudad, Madrid, para pasar una temporada con la familia de su hijo. Este personaje de Martínez Soria, como Bing Crosby en Siguiendo mi camino o la mismísima Mary Poppins, y en la tradición conservadora, costumbrista y bondadosa de los italianos Don Camillo y Pepone, llegará a una familia que hoy llamaríamos disfuncional (moderna, para los años sesenta) y arreglará el desaguisado ocasionado por el trabajo excesivo (su hijo), la frivolidad (todos) y la relajación de las costumbres (ellas: su nuera y amiguitas, además de la nieta), inyectando un puñadito de valores sencillos (¿reserva espiritual de Occidente?). En resumen, la presencia de este hombre carismático y simpático, generoso, básico y directo mejorará la relación entre su hijo y su esposa (casi adúltera), la relación entre ambos y su hija ye-ye y la vida de la pobre sirvienta, una irresistible Gracita Morales.

Muchos de los aficionados al cine que, con certezas que creen incuestionables, desprecian este cine por haber sido realizado durante el franquismo y no haber sido ni crítico ni moderno ni berlanguiano, no se dan cuenta (debido a prejuicios fuertemente arraigados) de cuántas películas españolas de la actualidad (escribo en mayo de 2013) y de los últimos treinta años son muy inferiores a obras comerciales y bien realizadas como La ciudad no es para mí.

El muy prolífico director Pedro Lazaga sabía cómo combinar dosis de comedia con perfiles socioculturales (oposición ciudad-campo). La ciudad no es para mí no es Surcos, ciertamente, pero Lazaga se sabía todos los trucos para hacer uso de un guion ingenioso y dosificar a sus actores para que no le hicieran demasiada sombra al carismático Martínez Soria. También sabía cómo utilizar diálogos en verdad divertidos (la gloriosa línea de Gracita Morales: “¡Tanta Luchy, tanta Luchy, y se llamaba Luciana!”) y conectar con un público ávido de alegrías y tramas ligeras y comprensibles, añadiendo terrones evidentes de moralina de raíz católica (y machista). Esto último quizá sea el mayor lastre de la película… Aunque añadiré que si tuviera necesariamente que elegir entre el cinismo absoluto de estar “más allá” de la ética de los buenos sentimientos (presente en mucho cine) y el vetusto y obvio mensaje de obras como La ciudad no es para mí, creo que me decantaría por el segundo… Con miramientos, sí, pero mejor es algo que nada.