BERGMAN Ingmar (1918-2007)

Fanny och Alexander (Fanny y Alexander) (1982: 10.0)

Una de las películas más hermosas de la historia. 

Apogeo del más alto cine; y del teatro, la televisión, la literatura, la poesía, la música y la pintura (incluso escultura). Un éxtasis de sentimientos y pensamientos. No es una obra de maestra, es más: una obra de arte (como dijo en su momento J. Miguel Lamet en TVE).

No es una trama y unos personajes. Es mucho más. Es la evocación (nostálgica, lúcida, ambiciosa, profunda, cruel) de un universo. Una elegía como El Sur o ¡Qué verde era mi valle!, obras a su altura.

La batalla de la luz contra las tinieblas. Y sus matices.

La lucha entre la vida y el deber, el hedonismo y el dogma religioso, el teatro y la angustia vital.

Eso que ahora está tan de moda en política económica (mayo, 2013): el dilema entre el crecimiento y la austeridad. Así es Fanny y Alexander.

Vida, dulzura, colores, poesía y entusiasmos. Pasiones, sabores, miradas, olvidos, resentimientos y sexo. Gravedad, magia, olores, misterios y mundos paralelos.

Película de acceso a la madurez, de descubrimientos, decepciones y energías positivas; obra sobre el horror de ser infeliz y el terror de no comprender y el miedo a no ser libre; obra en torno a la felicidad de verse arropado por los que uno quiere, mientras fuera (como en Dublineses) cae la nieve sobre vivos y muertos. 

Película inabarcable, compleja, tan bella y precisa como la fachada de Petra, la prosa de Henry James o el David de Miguel Ángel. 

Genialidad de tres horas de duración del maestro sueco por excelencia, Ingmar Bergman, uno de los más grandes de la historia del cine. Y uno de los grandes artistas del siglo XX.