BUÑUEL Luis (1900-1983)

Robinson Crusoe (Robinson Crusoe) (1954: 8.5)

Espléndido Robinson Crusoe (o Aventuras de Robinson Crusoe) de don Luis Buñuel, que da una lección de cómo narrar admirablemente con economía de medios… Sí, no hablo de Walsh ni de Hawks ni de Siegel, sino de Buñuel.

Hoy ya pocos dudan que Buñuel fue mucho más que un surrealista, un provocador nada iluso, un experto en dramas y pasiones humanas, un obseso (¿reaccionario o progresista?) en según qué temas. Fue, también, un excelente narrador cinematográfico.

El Robinson Crusoe que protagoniza el interesante actor irlandés Dan O'Herlihy (quien en los ochenta aparecería en cintas como Robocop y Halloween… ¡las vueltas que da la vida!) es un prodigio didáctico de sencillez y complejidad al mismo tiempo. Está llena de sutilezas dramáticas y narrativas. Las elipsis temporales funcionan a la perfección. ¡28 años en una isla condensados en 84 minutos! Una obra esencial, muy humana y pedagógica: imaginamos y a veces oímos lo que piensa Robinson Crusoe pero, sobre todo, lo vemos tomar decisiones y actuar. La obra nos ayuda a pensar: ¿qué haríamos nosotros solos en una isla? ¿Lograríamos hacer todo lo que hace el supuesto señorito Robinson Crusoe? Lo dudo mucho. 

Robinson Crusoe (el clásico de Defoe y la película) nos habla de supervivencia pero no desde un punto de vista pasional sino práctico. El científico David Eagleman, en Incógnito (sí, yo también lo estoy leyendo), señala cómo “uno de los rasgos más impresionantes del cerebro -y sobre todo del cerebro humano- es la flexibilidad para aprender casi cualquier tipo de tarea que se presenta”. La inteligencia del cerebro es “flexible”, como apunta Eagleman. Robinson Crusoe es una excelente prueba de ello. El cerebro de Robinson funciona de manera rápida y eficaz. Crusoe es un hombre anglosajón y pragmático que se concentra en construir una pequeña civilización para sobrevivir, estar acompañado y mejorar su bienestar. Sus genes, en suma, le ayudan a progresar y sus instintos (cerebrales) le protegen y la aportan automatismos esenciales.

Después de varios años en soledad, se incluirá en el “pack” de la isla la famosa presencia de Viernes (Friday), el hombre negro a quien Crusoe salva la vida (de los caníbales) y que luego se convierte en su amigo y sirviente (y leal esclavo)... Muchos años después, Coetzee le daría la vuelta a la trama en Foe, pero esa es otra historia...

Película impensable en Buñuel (impensable para mí hoy, junio de 2013), a los más despistados nos hace reconsiderar (¡aún más!) la figura de este autor imprescindible de la historia del séptimo arte español, europeo y mundial. Don Luis se las sabía todas y demostraba, como dijimos de Crusoe, que el cerebro humano puede funcionar de forma rápida y eficiente. Si esta película es como la conciencia humana (la punta del iceberg del cerebro profundo), sin duda ha afinado con exactitud la cantidad perfecta de elementos visibles: ni demasiado pocos (la película se habría quedado sin dirección, como dice Eagleman para la conciencia) ni en exceso (la obra se habría empantanado y funcionaría de manera “lenta, esforzada y con una gran ineficiencia energética”).

Momentos extraordinarios: Crusoe observando el espantapájaros que ha construido con un vestido, e imaginando que mira a una mujer (¡una mujer!). Crusoe alucinando por culpa de la fiebre y sufriendo la visión de su padre y del agua que tanto añora. Crusoe emborrachándose en una de sus escasas crisis de desesperación. Crusoe corriendo por la playa tras descubrir una enorme huella en la arena. Crusoe, por momentos, que parece el Moisés de Cecil B. deMille sin tablas de la ley pero con Biblia...

Estupenda (que no genial) conjunción de elementos, como vemos. ¡Y escasamente surrealista en comparación con tantas otras películas! Un Buñuel menos buñueliano pero preciso, sutil y magnífico. Sin paja, todo grano.