DREYER Carl Theodor (1889-1968)

Gertrud (Gertrud) (1964: 8.5)

M.M. Hace ocho años (escribo en junio de 2013), con motivo de un inusual reestreno español de Ordet y Gertrud en julio de 2005, el gran crítico Miguel Marías recomendaba a los aficionados que no se las perdiesen, y señalaba sobre la segunda:

 

En teoría, Gertrud es un drama burgués más o menos convencional -más bien menos, gracias a la extraordinaria y terriblemente exigente personalidad de su protagonista-, pero cuando nos disponemos a instalarnos cómodamente, como ante un escenario teatral, y ver qué pasa, dispuestos a presenciar un melodrama, nos encontramos con que nada de eso es posible, porque todo en ella absorbe nuestra atención -pese a la distancia y falta de enfatismo de Dreyer- y nos desestabiliza, nos sorprende e inquieta, y nos vemos obligados a verla bajo el imperio de lo que podría llamarse un suspense estético, un “misterio” personal que no podemos aclarar y sobre el que no podemos dejar de pensar, como tantas veces sucede en la vida, y tan pocas, en cambio, en el cine…

 

CBA. Veo ahora Gertrud en pantalla grande en junio de 2013, gracias a un pase del Círculo de Bellas Artes madrileño. Creo apreciar ese suspense estético dreyeriano, tan opaco, tan esencial, tan austero, tan liberado de las modas; lo cual no me habilita para considerar Gertrud una obra maestra. No “sé verla” tan bien como seguramente se merece. Me gusta más ahora cuando la rememoro o pienso en ella que mientras la veía. La concienzuda interpretación a posteriori no debería suplir el placer del "durante" (Sontag).

LA MIRADA DEL OTRO. Es curioso. Los personajes de Gertrud apenas se miran a los ojos. En cada una de las escenas que Gertrud (la extraordinaria actriz Nina Pens Rode, que me recuerda a Patricia Arquette) comparte con alguno de los hombres importantes de su vida, lo habitual es que cada uno tenga la mirada perdida e inexpresiva, en el vacío, sin apenas osar a comunicarse o interactuar (como decimos ahora) con su interlocutor. Los protagonistas no se buscan con los ojos ni se colocan en el espacio en actitudes o posiciones de complicidad que podrían favorecer la comunicación con los demás. Quizá este rasgo sea uno de los que promueven esa opacidad, ese enigma de la película del maestro danés.

MUJERES DE 1964. Compruebo que de 1964 son Marnie, Una luz en el hampa y La tía Tula. ¿Qué tienen en común con Gertrud? Sin duda, el protagonismo de una mujer que vive conflictos sustanciales de su vida rodeada de hombres peligrosos (para ellas) que la aman (o desprecian). Mujeres que, cada cual a su vital manera, ansían vivir su libertad, marcar su independencia de los hombres. Pueden verse como alegatos sobre el poder de elección de algunas mujeres de los años sesenta.

PÚBLICO. En el pase de Gertrud en el CBA, un sábado soleado a las cinco de la tarde, apenas asistimos unas treinta personas. Casi todos, como yo, hombres solos. Nadie demasiado joven, ningún veinteañero. Cuatro o cinco mujeres acompañadas. Cinefilia, pues, principalmente masculina, madura y solitaria. ¿Por qué?

ASOMBRO. Me asombra Gertrud: su desnudez, su claridad impenetrable, su sobriedad a prueba de bombas (¿hija de la ética del trabajo protestante?). Me asombra el atrevimiento de Dreyer en los modernos años sesenta. Me asombra la escena final, con una Gertrud ya anciana, y la visita de su amigo (que no amante). Y esas palabras intensas sobre el amor: “love is all you need”, como la canción. Aunque uno casi diría que, finalmente, la película es también un tributo a la amistad. Mientras que los amores de Gertrud pasaron, la amistad resiste y se mantiene a través del tiempo y las cartas, hasta el último instante: hasta el fuego. Amigos hasta la muerte. “Confieso que he vivido”, más o menos dice Gertrud, como las famosas memorias de Neruda.

PUREZA DEL ARTE. Pero, lo admito, aunque siento y me percato de la original grandeza de esta obra de Dreyer, si tengo que elegir me quedo con Marnie, Una luz en el hampa o La tía Tula. El rigor artístico y la profunda y sosegada depuración formal de la película danesa son indiscutibles y la convierten en una obra excelsa. Y, sin embargo, prefiero las otras películas “inferiores”. Quizá porque, siendo menos artísticas y menos perfectas, me “comunican” más.

MÁS VALE LO MALO CONOCIDO… Es el maldito refrán español, que puede aplicarse con bastante precisión al drama de Gertrud. Creo.